en jefe del Ejército del Norte. Antes de pedir su pase a retiro, Sandoval comunicó a su comando que su único deseo era olvidar todo lo que había presenciado durante la guerra, especialmente la muerte de su hermano en combate. En esas condiciones el militar ansiaba volver al regazo de su familia «para llorar la fatalidad» que lo agobiaba (Rodríguez Rautcher, 1988, p. 95). IV. TIEMPO DE PLACER Y DE FANTASÍAS En la guerra no todo fue zozobra, dolor y desolación. Entre batalla y batalla los soldados gozaron de momentos de esparcimiento en los que leyeron, escribieron, fundaron pequeños periódicos, pasearon, asistieron a veladas musicales y a funciones de títeres, bebieron licor para matar las penas e incluso fantasearon sobre su futura estadía en Lima. Los campamentos desperdigados entre Antofagasta y Lurín fueron descritos como lugares muy animados y sumamente pintorescos. Ahí una infinidad de gente empleaba su tiempo lavando ropa, cocinando, cosiendo, reparando zapatos o dedicándose a la fragua y a la peluquería. El campamento extendido entre Yaras y Buena Vista, donde las tropas descansaron antes de la batalla de Tacna, exhibía líneas de carpas blancas entremezcladas con ramadas, sobre las que flameaban tricolores chilenos (Rodríguez Rautcher, 1988, p. 33). En Antofagasta los soldados se entretenían en juegos de pelota, volantín, salto y carreras, dando cuenta del amor al ocio y al placer que caracterizó a la cultura pilila del Chile decimonónico547. Durante los días festivos se organizaban en los campamentos carreras de ensacados, títeres y hasta prestidigitación. Con la finalidad de entretener a sus subordinados, los jefes y oficiales permitían en las tardes de descanso la celebración de algunas fiestas, bailes, comedias, circos y títeres. En Dolores se hicieron famosas las funciones de títeres del 4º de Línea, en las que figuraban entre sus personajes don Cristóbal, don Federico y mamá Laucha (Vargas Machuca, 1927, II, p. 20). «Por gracia especial —escribió Ricardo Santa Cruz en una de sus cartas — les concedemos media hora más de diversión que si en nosotros estuviera les daríamos dos», para que la tropa se entretenga «tanto y tan honradamente» (Fernández Larraín, 1963, p. 95). Las grandes carreras de burros encintados a las que hace referencia Justo Abel Rosales en su diario despertaron una «algazara espantosa entre los soldados y aun entre los 276
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