(Rosales, 1984, p. 208). Antes de entrar en combate Víctor Bianchi escribió su testamento dejándole su posesión más querida a Vicuña Mackenna: «Hay una lapicera de plata la que espero pedirá usted a mi hermano Daniel tan pronto como sepa que una bala me ha borrado del libro de los vivos»545. En ciertas oportunidades las ceremonias honrando a los caídos en el frente o la celebración de ciertas festividades, como lo fue la navidad en Lurín, días antes del ataque del ejército chileno sobre Lima, colaboraron en forjar un sentido de permanencia que día a día se fue tornando tremendamente elusivo546. Soldados muertos tras las batalla de Miraflores, 1881 El efecto que la guerra produce entre sus gestores queda reflejado en «el genio de la matanza», un ente que surge de la pluma de Antonio Urquieta. Sin sangre ni carne en la piel que cubría sus facciones, este personaje refleja el horror y la desolación del campo de batalla. Los ojos de este ser fantástico saltaban de las órbitas como si la mirada quisiera abarcar más espacio y así contribuir al martirio masivo de los combatientes. Pareciendo querer reproducir la agudización de los sentidos que ocurría en el campo de batalla, Urquieta describió la dilatación de sus fosas nasales, las que respiraban con placer frente a una atmósfera «impregnada de pólvora, de lágrimas y de sangre». Los oídos, por otro lado, adquirían una afinación extraña y los dientes rechinaban ante el fragor de la batalla. Luego que esta terminaba, «el genio de la matanza» se tendía sobre las ciudades, derribando techos, cubriendo de muertos las calles, tendiendo sobre los hogares todo el horror imaginable (Urquieta, 1907, pp. 226-227). Es solo a partir de un acercamiento a ese cúmulo de sentimientos y de cambios en el aparato sensorio que los expedicionarios experimentaron en su larga marcha hacia la conquista del enemigo que es posible comprender la carta que José Natalio Sandoval del Regimiento del 4º de Línea envió al general 275
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