estaban amarillos como la cera, con los ojos fijos y vidriosos, los dedos contraídos y los cabellos llenos de lodo y sangre (Rosales, 1984, pp. 210, 212)542. Un expedicionario señaló que al inspeccionar una de las trincheras tomadas por el Buin vio el cuerpo sin vida de un camarada en una actitud bastante extraña. Sus brazos estaban abiertos «envolviendo convulsivamente dos cadáveres de dos cholos» a quienes había ultimado con sus propias manos. A sus pies, continuaba el relato, descansaba su rifle Comblain hecho pedazos quizás en el cuerpo o cráneo de sus víctimas. El cuadro era sombrío porque demostraba «plásticamente una escena de lucha cruenta y terrible» de uno contra dos faltando el tercero que puso fin a la vida del chileno543. La muerte fue una referencia constante en los escritos de los expedicionarios. Este mundo —anotó uno de los soldados en su diario— no era mas que una tragedia en la cual cada uno desempeñaba un papel determinado. El problema era que nadie sabía con exactitud a quién le correspondería «el sueño de la muerte» luego del combate (Urquieta, 1907, p. 171). Cuántos de los que hoy están alegres y contentos, escribió en su diario el oficial del Solar, caerían «víctimas del deber», en suelo extraño (del Solar, 1967, p. 42). Eulogio Goicolea, quien falleció en el combate de Iquique, escribió un poema en el cual expresó su tristeza ante la cercanía de su muerte. «Veo que llega mi postrer lamento», pronosticó el soldado poeta, quien incluso imaginó la losa «abierta» de su propia tumba (Vicuña Mackenna, 1883-1885, p. 179). Los efectos de la muerte llegaban hasta los sobrevivientes. Cuando salió de su tienda de campaña, luego de la batalla decisiva en Lima, Daniel Riquelme se horrorizó al ver a un grupo de chinos que habían pasado la noche fumando opio y jugándose a las cartas lo robado entre los escombros de los muertos544. En una carta a su hermano Rafael Torreblanca le confesó que no existía sonido mas lúgubre que el ladrido de los perros «disputándose encarnizadamente» los restos de los compañeros caídos en combate (Fernández Larraín, 1979, p. 168). La ansiedad que producía arriesgar la vida de manera permanente hizo que los soldados se aferraran a pequeños rituales, entre ellos la escritura diaria. «Son como las 4 pm —escribió en su diario el oficial Justo Abel Rosales en vísperas de la marcha sobre Lima—. Yo llevo una botella de pisco, que ayer compré en 2,50 pesos, y un morral lleno de papeles y apuntes, mi caramayola y mi rollo de ropa. En estos momentos se nos llama a formar. Que la fortuna nos acompañe, que la gloria y el renombre de Chile sea nuestra divisa, que Dios sea con nosotros. ¡Viva Chile y a la carga!» 274
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