«montón de ruinas» y «la fetidez de los insepultos» que invadió a la ciudad luego de la trascendental batalla (Larraín Mira, 2000, pp. 184, 187). En la carta que José Trico escribió a su madre, después de la batalla de Arica, el joven soldado le confesó que en los momentos de la lucha no había lugar para las emociones. El hombre desnudo de sus sentimientos era «una fiera rabiosa» que tenía solo el instinto de matar antes que la muerte lo sacara de combate. Trico creía que era imposible relatar «los mil sangrientos cuadros» que había visto en la encarnizada lucha por apoderarse de las posiciones peruano-bolivianas. Entre ellos, a sus amigos horrorosamente heridos y próximos a exhalar, después de sufrir increíbles torturas, o las «dos líneas de cadáveres en más de una legua de extensión»540. Refiriéndose a la misma batalla que tanto impresionó a Trico, Máximo Lira le comunicó a Patricio Lynch lo terrible que fue la lucha en la ciudadela donde muy pocos de sus defensores escaparon con vida. «Nuestros caballos —escribió en su carta— entraban la uña en los charcos de sangre que habían en las trincheras peruano-bolivianas»541. En la misiva escrita por el guardiamarina Vicente Zegers a su padre a raíz del combate de Iquique, se hace evidente la angustia de presenciar verdaderas hecatombes humanas. Para Zegers resultaba muy sensible el relatar escenas terribles que era necesario ver para comprender. La vista de lo que dejó el combate, cuerpos mutilados por granadas y sin señales de vida, restos humanos cauterizados que humeaban todavía, muchachos de doce a catorce años horriblemente heridos lanzando alaridos, eran de «partir el alma» (Urquieta, 1907, pp. 111-130). Las «batallas más furiosas», escribió Hipólito Gutiérrez en su diario, fueron las de Dolores y San Francisco y era por ello que esos campos estaban sembrados de cuerpos sin vida. En Pisagua el joven sargento vio cadáveres botados por la calle y cabezas y piernas de hombres y mujeres en las faldas de los cerros. Al llegar a la capital peruana Gutiérrez se impresionó por el agua de una acequia totalmente «colorada de sangre» como consecuencia de «los cuerpos muertos» que flotaban ahí adentro. A Gutiérrez también lo conmovió ver las cabezas destapadas de los peruanos, las granadas despedazando a sus compañeros y el fuego consumiendo Chorrillos (Quiroz & Gutiérrez, 1976, pp. 178, 212, 215-217). Lo «repugnante» y «doblemente horroroso» que era el campo de batalla de Miraflores, una espantosa carnicería de acuerdo a un testigo peruano, se debió en buena parte al aspecto espeluznante que tomaban los cadáveres, reventados de la cabeza los más, los otros descuartizados. Algunos de ellos 273
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx