Guerreros civilizadores

por los mismos soldados que durante meses la cuidaron y mimaron (Riquelme, 1931, pp. 41-47). En las memorias que Hipólito Gutiérrez escribió sobre su participación en la batalla de Miraflores el soldado describió la manera como un par de granadas lo rozaron antes de estallar a escasos centímetros de su cuerpo. Gutiérrez también señaló cómo en medio del combate un grupo de granaderos chilenos acorralaron a un número indeterminado de «cholos» peruanos, a quienes se les partió la cabeza y cortó los brazos. Tanto Gutiérrez como sus camaradas pidieron a gritos no dejar a ninguno de ellos con vida (Quiroz & Gutiérrez, 1976, pp. 210-215). La violencia alteró la sensibilidad del combatiente. Dentro de ese contexto, el comandante Alberto del Solar no tuvo ningún reparo en confesar los cambios ocurridos en su personalidad como consecuencia de su experiencia bélica. Una profunda frialdad ante el espectáculo de la muerte, una gran dosis de egoísmo ante el sufrimiento de quienes lo rodeaban y la pérdida total del más insignificante impulso de un sentimiento humanitario fueron parte del legado que la Guerra del Pacífico le dejó (del Solar, 1967, pp. 122-123). Soldados muertos tras combate de Campo de la Alianza, 1880 Era imposible describir, le escribió el oficial del regimiento Esmeralda, Patricio Larraín, a su hermano, lo que se sentía en los momentos previos al combate. Las emociones eran «infinitas» y sobrecogían el alma. La idea de que iban a caer miles de hombres y el no saber a quién le tocaría, si la batalla se prolongaría o si el enemigo resistiría eran cosas que «sin quererlo» venían a la mente cuando sonaba la orden de atacar. Luego de narrar el sangriento enfrentamiento en Chorrillos, en el cual se produjeron centenares de bajas en el primer empuje para conquistar las trincheras peruanas, el capitán Larraín recordó la «enorme matanza de cholos», el 272

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