Al establecer una prudente distancia entre el observador y el observado la narrativa de guerra no logró reconocer, salvo escasas excepciones, la indudable influencia que la sierra ejerció en las vidas de los expedicionarios. En uno de los relatos más interesantes respecto a su estadía en los Andes centrales, Marcos Ibarra, soldado de la Sexta Compañía del batallón Tacna, nos acerca al día a día de su contingente militar. Ibarra y sus camaradas tomaban mate de coca, usaban ojotas, consumían carne de llama, vestían uniformes remendados con trapos de «bayeta de colores» y estaban cubiertos de piojos (Rodríguez Rautcher, 1988, pp. 51-52). Era tal la precariedad que vivía la tropa que fue necesario mandarles botas y una muda de ropa nueva para que regresaran a Lima vestidos «decentemente». Una de las preocupaciones del comando era que los vencedores de Lima despertaran las burlas de los peruanos. La ruralización de los contingentes militares enviados a la sierra, a quienes se les bautizó con el nombre de «los batallones olvidados» fue motivo de acaloradas discusiones en la prensa santiaguina. Una carta publicada el 18 de julio de 1882 en La Patria subrayaba la precaria situación de las fuerzas que conformaban el Ejército del Centro, escasos de alimento, de vestido, de servicio sanitario y alojados en los patios de las casas, amontonados y sin cama539. Lo anterior se debía, en gran medida, a la escasez de recursos de la administración Lynch y a lo difícil que era integrar los campamentos chilenos con los centros urbanos. Así, las compañías que conformaban el ejército de ocupación se encontraban en «un fraccionamiento inexplicable en medio de un país enemigo sublevado». El hecho de que las denominadas avanzadas civilizadoras se encontraran colocadas «como apetitoso sebo para el enemigo» (Ahumada, 1982, VII-VIII, p. 196) era una situación a todas luces inaceptable para los críticos de la guerra en su fase más rural. Las crónicas que los soldados escribieron en sus momentos de ocio celebraban lo cotidiano y describían lo ajeno, pero también discutieron sobre la violencia, un tema inevitable en un escenario de guerra. El contrapunto entre «la paz del hogar hospitalario y los ecos desapacibles de la guerra», un asunto analizado por Máximo Lira en su correspondencia, muestra los claroscuros de la narrativa bélica y además evidencia cómo los pasajes en apariencia apacible operan como estrategias compensatorias en textos preñados de una inocultable brutalidad (Claro Tocornal, 2003). En el cuento sobre el perro del regimiento Coquimbo, escrito por Daniel Riquelme, la mascota que adquirió el nombre de esa compañía fue muerta 271
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx