por otro lado, una interesante aproximación a los indios de Ayacucho (Quiroz & Gutiérrez, 1976, pp. 122, 131, 120)537. Estos, afirmaba el cronista soldado, eran de poca estatura, se vestían de bayeta negra gruesa, pantalón corto muy ancho abierto a los costados, chaqueta hasta la cintura, un poncho grueso, sombrero grande y ojotas ajustadas a la punta del pie (Quiroz & Gutiérrez, 1976, pp. 99, 131-133). Las mujeres llevaban un género similar a los varones, ajustándose en forma de hábito una bata debajo de las rodillas. De rostro redondo, la ayacuchana tenía la nariz un poco chata, la boca grande, los labios regulares, los ojos negros chicos, las orejas proporcionadas y las cejas y el pelo negro». El modo de hablar del hombre del Ande era muy diferente del de Lima y su castellano muy difícil de entender. Su alimento estaba compuesto de papas cocidas, maíz, habas tostadas y carne machucada. El atraso que existía en las poblaciones serranas, que de acuerdo al oficial Toledo vivían en «miserables caseríos», guardaba una estrecha relación con la ausencia de mercados y con el fanatismo religioso que reinaba entre sus habitantes538. En Ayacucho, a diferencia de los pueblos del interior de Chile, la plaza de armas servía de mercado: ahí «las cholas» ponían en un palo largo un quitasol de paja con la finalidad de vender una variedad de productos nativos. El relato de un periodista que acompañó a la expedición Lynch a la sierra central confirma nuestra hipótesis de que guerra y etnografía fueron de la mano. A diferencia del soldado Quiroz, quien escribió sus impresiones para su padre, o los diarios personales de Baeza y de Toledo, que quedaron depositados en el Archivo Vicuña Mackenna, el objetivo del hombre de prensa que acompañó al ejército a la sierra fue difundir entre el público chileno su paso por un lugar exótico y desconocido como lo eran los Andes peruanos. Así, un público lector predominantemente urbano fue informado en plena guerra sobre una fiesta en el lejano pueblo de San Pedro de Laraos. Ahí un grupo de indígenas disfrutaron de una celebración amenizada por una orquesta conformada por dos arpas, un violín, una quena y veinte chirisuyas, «especie de clarinetes por la forma y cuyo sonido se aproximaba al chirrido de la guitarra». Las mujeres «vestidas de fantasía» bailaban mientras tanto con «quince payasos, ataviados de cascabeles, cuentas y relumbrones en un baile indescriptible y complicado». Los danzantes masculinos llevaban en los sombreros panes, galletas y flores, y los músicos de cuerda, una pieza de bayeta que un indio sostenía por encima de los instrumentos mientras ellos los tocaban (Ahumada, 1982, p. 370). 270
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