deterioro físico y mental de una tropa mal alimentada, sin calzado, casi dejando su sangre en los guijarros del camino. Porque la sierra y sus desafíos habían convertido a los valientes soldados del ejército de Chile en «míseros esqueletos» que deambulaban sin rumbo y sin sentido533. La existencia de pueblos indígenas a una gran distancia de los centros urbanos sorprendió a los expedicionarios. El viajero, anotó el oficial Toledo en su diario, llegaba a dudar que pudieran vivir seres humanos en esas chozas, totalmente alejadas de la civilización534. Algunos de los narradores, como es el caso del corresponsal que acompañó a la expedición Lynch, expresaron una opinión negativa respecto al poblador del Ande. Los indios de la sierra peruana, opinaba el periodista, eran los tipos más repugnantes que uno podía imaginar y es por ello que la llegada del ejército expedicionario a la sierra peruana fue comparada con el «descubrimiento de América por Colón» (Ahumada, 1982, V-VI, p. 370). En un tono similar, el anónimo corresponsal de El Estandarte Católico subrayó que la población de Tarma se componía «exclusivamente de indios sucios y harapientos», con quienes era imposible establecer cualquier tipo de comunicación (Ahumada, 1982, VII-VIII, pp. 392-393). Dentro de una línea argumentativa que contrastaba la superioridad cultural chilena al «salvajismo peruano», Urquieta afirmó que los indios no tenían la menor idea de lo que significaba la palabra civilización. Esto explicaba su total desconocimiento sobre cualquier acto de humanidad. Lo que primaba en el Ande era «la barbarie criminal». Respecto a las otras razas que habitaban la costa peruana, como los negros, zambos y cholos, el cronista opinaba que debieron ser exterminadas tal como se hacía con los perros que abundaban en las ciudades (Urquieta, 1907, pp. 140, 290). Cabe subrayar que la pluma del expedicionario no solo sirvió para describir las gentes y la cultura de la serranía peruana. Respecto a la Amazonía, el hombre de negocios Wenceslao Jaña le escribió a Vicuña Mackenna para comunicarle que cerca a la confluencia del río Napo con el Amazonas habitaban «tribus de costumbres salvajes» que vivían rodeadas de infinidad de recursos naturales que podían ser fácilmente explotados por los chilenos535. Haciendo gala de una dosis de empatía poco común entre sus camaradas de armas, la crónica del oficial Baeza celebra los aspectos pintorescos de la sierra peruana. Las sencillas chozas de los naturales, escribió en su diario, estaban adornadas con sus hermosas chacras que tanto divertían a la vista como «encantaban el alma»536. El relato de Abraham Quiroz brinda, 269
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