cordillera se tornó sumamente difícil. Ello porque ese año nevó con abundancia, lo que provocó que en algunos puntos del camino los caballos se enterraran hasta los pechos en la nieve527. La crudeza del clima causó estragos físicos, algunos de ellos irreparables. En medio de la lluvia helada todos se tapaban la nariz, ya que el granizo, «del tamaño de un garbanzo», pegaba sobre todo el cuerpo haciendo experimentar fuertes dolores de cabeza528. En la difícil travesía en pos de Cáceres y sus guerrilleros las narices y orejas se desollaban completamente529. Si se carecía de un capote el cuerpo se entumecía hasta el punto de que muchos soldados caían al suelo desmayados530. Ese fue el caso de Marcos Ibarra, a quien se le murió su caballo debido a «la nevazón tan fuerte que caía» en los Andes. Luego de que el cronista soldado perdiera el conocimiento debido a una combinación del frío y de soroche, sus compañeros le escobillaron el cuerpo y le dieron una copa de pisco y unos cuantos azotes que lo hicieron finalmente reaccionar (Ibarra, M., 1985, p. 72)531. Las tropas marchaban como un ejército de fantasmas cayendo los débiles aquí, levantando allá; extenuadas, jadeantes, fosforescentes las miradas por la fiebre y el soroche (Salinas, 1893, p. 372). El mal de altura, le escribió el soldado Quiroz a su padre, era insoportable. Cuando uno caía preso de esa condición el cuerpo se agotaba, la garganta se iba oprimiendo poco a poco hasta el punto que era imposible «aguantar las narices» y adentro del pecho parecía como si «le hubieran refregado ají» (Quiroz & Gutiérrez, pp. 97-98). En un tono similar el comandante Baeza escribe sobre el desasosiego que le produjo remontar los Andes peruanos. Era una cosa terrible, escribió en su diario, viajar por la cordillera532. Entre las anotaciones de Guillermo Chaparro, publicadas en 1926, destaca el recuerdo de una tormenta acompañada de una multitud de rayos nacidos de todos los puntos del horizonte que se cruzaban en el cielo andino, iluminándolo con sus destellos, «cayendo aquí y allá sobre las crestas de la cordillera, con chasquido seco y fatídico» que un inquietante eco reproducía «millones de veces». El hábito de afrontar los peligros y de sobreponerse a todas las penurias y sufrimientos provocados por la guerra contra Cáceres no permitieron evaluar in situ «las horripilantes escenas» que treinta años después aparecieron en las memorias de Chaparro. Las imágenes de aquellos cadáveres de flacura extraordinaria, muchos de ellos sepultados en la serranía, eran lo opuesto a la salud y fortaleza de quienes se batieron «como leones» durante la campaña marítima y terrestre. En un tono crítico, muy similar al de Juan Meyerholz, Chaparro evocó el lento 268
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