p. 226)522. Resulta obvio que las crónicas no plantean este asunto en abstracto, debido a que están marcadas por experiencias muy personales. Sin embargo, desde el espacio de autonomía que el cronista-soldado logra crear con sus palabras, él también asume como propias algunas de las nociones que modelan el discurso del Chile decimonónico, entre ellas que la guerra es un capítulo más de la vieja cruzada civilizatoria contra la barbarie y la naturaleza hostil. La paradoja de la historia es que en algunos casos los soldados deberán de admitir que ese combate estaba condenado al fracaso. III. DEL ASOMBRO A LA DESOLACIÓN La lectura de los apuntes escritos por Manuel Antonio Baeza en su camino a la sierra peruana nos acerca al viaje sin retorno del capitán del 2º de Línea cuyo periplo empezó el 15 de abril de 1882 y terminó algunos meses después en Pucará523. Antes de morir en esa remota aldea serrana, Baeza escribió sobre su encuentro con la sierra del Perú. El Infiernillo524 era, en sus palabras, «una obra preciosa» que encantaba a la vista; una maravilla digna de ser descrita por mejor pluma que la suya. En su diario Baeza describió «las perpetuas nieves de los Andes», así como los innumerables túneles que había que atravesar para ver la hermosa vegetación que existía en las alturas. Los «copos de blanquísima espuma», producidos por las cataratas que existían a lo largo del camino, «extasiaban» al viajero. Valiéndose de su conocimiento geológico, el oficial intentó explicar una erupción volcánica que destruyó parte de un cerro, tapando completamente el cauce del río Rímac. Su crónica mencionó, asimismo, la existencia de una preciosa cascada ocasionada por un arroyo que desde una inmensa altura se desprendía y se juntaba al río con «sus cristalinos», y también hizo mención de las dos vertientes en las que nacía agua bien tibia y que producía algo similar a «los respiradores de las máquinas», botando el vapor por algún cañón debajo de la tierra. El oficial Baeza opinaba que la vista y abundancia de la serranía peruana era algo digno de sorprender a cualquiera525. Los soldados chilenos que viajaron a la sierra coincidieron en señalar que el mayor desafío era el cruce de la cordillera de los Andes. De «desfiladero en desfiladero y de barranco en barranco» el expedicionario no hallaba manera de «arreglárselas para salvar la vida en semejantes senderos»526. Es importante recordar que durante el año 1882 el paso de la 267
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