Los cronistas soldados reprodujeron ciertos aspectos del modelo civilizatorio inaugurado por un grupo de científicos chilenos en asociación con sus pares europeos. Estos se adentraron en el «caos primordial» de una realidad ignota. Tal como ocurrió con los científicos burgueses que sucedieron a los ilustrados, los expedicionarios ingresaron a un territorio extraño donde se vieron expuestos a los misterios de la naturaleza sudamericana. En el aspecto social y cultural, el viajero científico y su contraparte militar que antes de ir al Perú penetra la Araucanía, se transformó en explorador de la verdad, peregrino de un conocimiento por el cual batallaba, cruzando desiertos, montañas y mares. En un contexto en el cual el viaje y su relato ayudaron a modelar una visión particular del mundo, una de sus características fue constatar de manera práctica el extrañamiento del territorio de la civilización y el acercamiento al de la barbarie. El contrapunto entre ambos espacios culturales sirvió para reforzar una identidad que para convertirse en hegemónica debió antes denunciar las creencias de pueblos y razas consideradas como atrasadas. El viaje de estirpe burgués colaboró en la configuración de un tipo de indagación etnográfica que modela la narrativa de la Guerra del Pacífico. Dicha narrativa constituye una etapa poco conocida sobre los usos que el protocolo del viaje decimonónico adquirió entre los chilenos del común. Cabe recordar que desde el inicio de la guerra el comando político-militar planteó la expedición a Bolivia y Perú como un enfrentamiento contra una naturaleza hostil. En una carta publicada en El Mercurio el 28 de abril de 1880, un anónimo defensor de las decisiones adoptadas por el comando militar señalaba que el escenario de la guerra, agreste y sin caminos transitables, era un territorio desconocido para la mayoría de la población. La principal dificultad de la campaña consistía justamente en vencer a la naturaleza, una empresa a todas luces «titánica». El territorio enemigo oponía «la resistencia formidable de sus desiertos áridos, de sus costas inaccesibles y de sus quebradas profundas»520. Más que a las escuadras y a los ejércitos, lo que los expedicionarios debían de vencer era «las bravezas del mar, los rigores del clima, las penalidades de la fiebre, las aflicciones del hambre, de la sed, del sol, de la arena y del polvo»521. El cúmulo de dificultades que ofreció el encuentro con un medio hostil fue recordado por el general Baquedano en vísperas de la batalla de Chorrillos. Al dirigirse al ejército expedicionario acantonado en el campamento de San Pedro de Lurín, el general les señaló que la prolongada guerra había sido «más contra el desierto que contra los hombres» (Urquieta, 1907, II, 266
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