pero también como ella fue capaz de adoptar ciertos modelos narrativos propios. El viajero chileno, sostiene Lilianet Byntrup, no solo describió lugares, paisajes y ciudades sino que también privilegió aspectos personales en la narración de viajes. De esa manera se asumió como un viajero independiente, capaz de dar vida a una narrativa de viajes que combinaba lo personal con lo descriptivo en un formato de carta, diario o memoria. Es decir, las formas literarias que estamos analizando y que fueron adoptadas por los expedicionarios que llegaron hasta Lima e incluso al corazón de los Andes (Bryntrup, 1992, p. 7). Sin dejar de lado su innegable naturaleza militar, la Guerra del Pacífico puede ser abordada como un largo viaje cuyo destino final es el territorio de la alteridad. Dentro de esta línea de análisis, las cartas enviadas por Abraham Quiroz a su padre dan cuenta de una peculiar labor etnográfica producida ni más ni menos que en territorio peruano. Este método, que remite al concepto de «las zonas de contacto» trabajadas por Mary Louise Pratt, no es un hecho aislado (Pratt, 1992). El protocolo del viaje en clave burguesa será utilizado por otros cronistas soldados en su incursión a la sierra peruana. Tal como lo hizo el oficial Toledo, el soldado Quiroz formó parte de un contingente de narradores que escribieron sobre sus impresiones respecto a la geografía, la cultura y las costumbres de los peruanos y bolivianos. Al igual que sus compañeros de armas, Quiroz se quedó «atónito y admirado» con la impactante geografía andina, la cual, según él, contrastaba con el escaso desarrollo de los habitantes de aquella zona (Quiroz & Gutiérrez, 1976, p. 119). El Perú, escribió el quillotano, era «civilizado solo en la costa» ya que en la sierra no se encontraba a nadie que se expresara en castellano. Todos los habitantes de la sierra eran «indios salvajes» que hablaban únicamente quechua, vestidos de calzón corto de bayeta y en general «muy feos» (Quiroz & Gutiérrez, 1976, p. 98). Vale la pena subrayar que la visión del indio que aparece en las crónicas de los soldados que participaron en la Guerra del Pacífico se mantuvo intacta hasta muy entrado el siglo XX chileno. En 1919 el historiador Gonzalo Bulnes afirmó que tanto el indio peruano como el boliviano había perdido «su personalidad» y que por ello se encontraba rebajado a «los niveles más bajos de la intelectualidad humana». De «su tradición de gobierno, de su arte, de su religión» no le quedaba «nada», porque no podía darse el nombre de religión a «las supersticiones groseras» que con «ese nombre» se practicaban en los Andes peruanos (Bulnes, 1911-1919, III, p. 267). 265
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