Guerreros civilizadores

Línea, quien nos acerca a la dinámica interna de una de las unidades que conformaron la expedición Letelier516. Toledo, quien formó parte de la vanguardia militar cuya tarea fue imponer y cobrar cupos entre los pueblos indígenas, recorrió la ruta La Oroya-Tarma con la orden de «quemar y arrasar» las poblaciones reacias a pagar «el derecho de guerra». Lo sorprendente es que en medio de este escenario tan particular («procedo a mandar oficio de rendición a la población de Tarma, espero respuesta en dos días y de lo contrario procederé a quemar cuanto pueda en esa provincia») el capitán cumplió también el papel del viajero ilustrado al anotar en su diario su encuentro con el paisaje serrano. Este era, en sus palabras, «un espectáculo» digno de «un pincel». Teniendo en frente a la cordillera cubierta de «blanquísima nieve» Toledo se emocionó ante la «vista preciosa» de unas cascadas naturales que producían «un ruido armonioso» y grato a los sentidos517. Lo que más impresionó al oficial chileno fue la gran variedad de aves acuáticas, polollas, chincadeles, jilgueros y zorzales que poblaban la «imponente y bella» laguna de Morococha. Tal como Toledo, Abraham Quiroz quedó fascinado por la grandeza del río Mantaro: un «hilo de plata» que cruzaba el valle de Jauja518. El trabajo del hombre del Ande no escapó al ojo del expedicionario, quien en medio de sus quehaceres asumió la mirada del viajero acucioso. La «competencia en el trabajo» que, de acuerdo a Toledo, exhibía el poblador de la sierra se hacía evidente en las «preciosas alamedas de sauce», los potreros alfalfados, los tunales y las lomas sembradas íntegramente de trigo519. Por constituir el brazo armado de una república cuyo principal mérito fue publicitar su grado de civilización, no resulta casual descubrir ciertas similitudes entre el lenguaje del cronista soldado y el de los viajeros románticos. Guillermo Feliú Cruz ha destacado en qué sentido la literatura de viajeros, en especial aquellos que habían escrito sobre Chile, ejerció una fuerte impresión sobre los sectores alfabetizados de la sociedad chilena. Los viajeros europeos describieron paisajes únicos, grandiosos, plenos de potencialidades económicas y habitantes casi sobrenaturales como los araucanos. Estudios más recientes han notado, sin embargo, cómo la literatura de viajes chilena surgió también como respuesta a su contrapartida europea, en un diálogo que superponía las huellas de los viajeros europeos con el propósito de instalar un concepto propio del viajero nativo. El desarrollo de una literatura de viajes deseaba testimoniar en qué medida la cultura chilena era parte del mundo europeo civilizado 264

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