no solo se describe no movilización de veinte mil hombres a través de la costa peruana sino que se explora la naturaleza de una guerra que antes de cobrar nuevas víctimas debió pulverizar identidades y recuerdos personales. El valor del cuento del notable escritor santiaguino reside en su capacidad de abordar las emociones del combatiente. Así, el encuentro de las vanguardias militares chilenas con «la noche, el desierto y la muerte» se convierte en un momento trascendental en el cual cada soldado se irá desprendiendo de aquello que lo define como individuo. Para poder integrar la máquina de guerra cuyo objetivo es enfrentar lo «siniestro y desconocido», el expedicionario debió decir adiós a los amigos y luego destruir todo rastro del hogar temporal que compartió con ellos. «Se oían extraños crujimientos —escribió Riquelme en su relato sobre el incendio que arrasó en unos cuantos minutos el campamento de Lurín— que parecían clamores desesperados, y aquellas lenguas de fuego y humo que se abrazaban en las alturas cual nudo de sierpes, remedaban brazos que pedían al cielo en nombre de todas las madres, de todas las esposas, de todos los amores ausentes, el triunfo de esos hombres venidos de tan lejos por el honor de su Patria». La narración que hace Riquelme del imponente ritual realizado momentos antes del ingreso de los expedicionarios al campo de batalla permite iluminar un aspecto de la guerra escasamente abordado por los publicistas oficiales. Un «silencio profundo y helado» precedió al acto de «botar los rollos» una ceremonia mediante la cual todos los soldados fueron desprendiéndose de sus posesiones materiales. Quienes dejaban sus rollos «junto con el amor a la vida» se burlaban de los que llegaban tristes y cabizbajos a repetir una operación similar. Los que cruzaron el umbral que separaba el territorio de los vivos del de los muertos se reían de sus inocentes camaradas que antes de enfrentar al enemigo ordenaban con cuidado «el atado de sus pobrezas». Daba la impresión de que algunas de las potenciales víctimas iban a tomar un baño y no a desafiar a la muerte que esperaba por ellos en las bocas de los cuarenta mil rifles que apuntaban sobre esas siluetas que ingresaban lentamente al campo de batalla (Riquelme, 1931, pp. 55-56). El estudio de los diarios de algunos oficiales y soldados destacados a la sierra peruana luego de la toma de Lima permite explorar, por otro lado, la tensión, propia de la literatura de viajes, entre el discurso civilizador y la naturaleza de una guerra de guerrillas que fue muy difícil de sobrellevar515. En esa dirección discurre el manuscrito del capitán Pedro Pablo Toledo, oficial a cargo de la 1ª Compañía del Segundo Batallón del Regimiento de 263
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