Guerreros civilizadores

sufrimientos. La «jornada de la sed» narrada por Urquieta en sus memorias tiene como protagonistas a decenas de sus compañeros «fulminados por las insolaciones». En uno de los episodios más dramáticos de la travesía por el desierto, algunas de sus víctimas se arrojaban al suelo con el cabello erizado y se retorcían dolorosamente luchando contra la muerte, sin aliento para vencerla. Los que no resistían el trance quedaban abandonados con los dientes apretados, la respiración entrecortada, las manos crispadas y el rostro negro como carbonizado. Muchos perdían la vida torturados por el fuego del sol y las angustias de la sed (Urquieta, 1907, I, pp. 258-259). El delirio, la desesperación, el martirio, la agonía y una muerte dolorosa en las arenas del desierto fue el precio que el soldado chileno debió pagar para cumplir «su deber» con la patria (Quiroz & Gutiérrez, 1976, p. 8). El asunto no era solo el cruce del desierto sino la manera como el comandante a cargo de la tropa resolvía esa difícil situación. En la carta escrita por el oficial Terán a su esposa el expedicionario le comentó que su viaje de Tocopilla a Quillagua estuvo lleno de percances y de malos ratos, por culpa del «muy miserable e indigno capitán Daniel Silva Vergara». Este, afirmaba Terán, se comportó «peor que el más tirano criminal», pues por culpa de él casi se mueren doscientos soldados que junto con él completaban la trayectoria. A Silva se le ordenó que no hiciera caminar a la tropa durante el día y que verificara que los soldados tuvieran sus caramayolas llenas de agua. Sin embargo, ello no ocurrió. Silva obligó a la tropa a caminar sin agua hasta la una de la tarde y fue solo por obra de un «verdadero milagro» que dos carretones llenos del líquido vital ayudaron a aplacar la sed de los combatientes, a quienes Silva golpeaba con un palo con la finalidad de que no se quedaran rezagados. «Cómo iba a poder andar un soldado —escribió Terán a su compañera—, con el peso de la mochila y del rifle por unas pampas tan estériles, con una tierra salitrosa y con un sol tan ardiente». El viaje, que duró cinco días, fue sumamente difícil hasta que llegó el mayor del regimiento, Estanislao León. Desde ese momento la suerte de la columna expedicionaria cambió por completo. Terán hizo gala de su resistencia física, más aún considerando que se le «arrancó la mula» y que solo su capote y una frazada lo ayudaron a resguardarse de las bajas temperaturas que durante la noche lo azotaron en medio del desierto nortino514. La guerra fue un viaje a lo extraño y a lo desconocido, y uno de los relatos que refleja con mayor crudeza esa experiencia es «Adiós a Lurín» (Riquelme, 1931, pp. 48-56). En este cuento, escrito por Daniel Riquelme, 262

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