Guerreros civilizadores

problema que confrontaba quien se aventuraba por el desierto era la falta de orientación. El viento era tan fuerte que los soldados, enterrados completamente, no se podían reconocer unos a otros. Lo que esas inmensas nubes de polvo creaban era «una confusión espantosa» (Fernández Larraín, 1979, pp. 176, 187; Gutiérrez, 1950, pp. 172-173, 176; Vicuña, M., 1995, p. 52). Durante las interminables caminatas sin alivio y sin amparo y con no menos de cincuenta libras sobre los hombros, la resistencia física de millares de hombres fue llevada hasta sus límites512. Acostumbrado a viajar por los valles de su patria, el expedicionario echaba de menos el agua, pero también la verdura y la sombra que le ofrecía «reposo y consuelo» (Vicuña Mackenna, 1881b, pp. 619-620). Sin embargo y a pesar de las penurias y padecimientos, la travesía por el desierto fue descrita como un rito de pasaje, esencial en la educación del carácter del combatiente. El camino hacia el norte era arduo y difícil pero resultaba imprescindible completarlo. En la proclama dictada por Baquedano veinticuatro horas antes de la llegada a Lima, el general recordó que los ejercicios diarios y las penosas marchas a través de las arenas quemadas por el sol, donde torturaba la sed, habían endurecido al soldado para la lucha y «lo habían enseñado a vencer» (Estado Mayor General del Ejército de Chile, 1981, p. 217). No solamente ello. La idea de que la experiencia en el desierto conducía a una suerte de redención cristiana le fue comunicada al arzobispo de Santiago Larraín Gandarillas por el capellán mayor Florencio Fontecilla. Las misiones a la tropa, le aseguró el cura, funcionaban mejor en «un desierto» donde el soldado no tenía tentaciones de ningún tipo (Matte Varas, 1982, p. 213). La falta de agua fue el gran problema de los miles de expedicionarios que atravesaron el desierto de Atacama. Era de conocimiento público que un soldado en marcha consumía seis litros de agua diaria y que los animales bebían veinte litros, siendo su ración ordinaria treinta. De acuerdo a cálculos de la época un ejército de 12 000 hombres con 3000 caballos y mulas, como el de Chile, debía beber 132 000 litros de agua diaria, lo que significaba llevar consigo 110 carretones con una capacidad de 1200 litros cada uno513. La teoría y la práctica no fueron siempre de la mano. A pesar de que se tomaron una serie de medidas, la carencia de agua fue una asignatura pendiente para los directores de la guerra y es por ello que el desierto empezó a sembrarse de moribundos (Fernández Larraín, 1979, p. 187). En sus memorias los soldados recordaron vívidamente la imagen de un camarada muriéndose de sed en medio de terribles 261

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