Guerreros civilizadores

en hombros el cajón que conducía sus restos mortales, mientras que la banda de música le seguía detrás junto con la escolta de una compañía militar (Claro Torconal, 2003, p. 78). El ritual, cuyo objetivo fue fijar en la memoria de los sobrevivientes los nombres de aquellos que la guerra devoraba, se repitió en cada campamento militar. La identidad del combatiente atravesó por una serie de transformaciones en el trayecto hacia el campo de batalla. En «las impresiones de viaje» del oficial Krug, publicadas en el diario La Juventud de San Fernando, el miliciano rememoró la marcha del batallón Colchagua al norte. Ocho días después del acuartelamiento en su ciudad natal los reclutas provincianos partieron a Valparaíso comandados por el intendente Manuel José Soffia, quien se convirtió desde ese momento en «un bondadoso padre de tantos jóvenes que seguían sus pasos adonde quisiera llevarlos». En Quillota los colchagüinos fueron objeto de un recibimiento multitudinario que contrastó con las condiciones materiales del cuartel donde se alojaron. La precariedad de su nueva vivienda, plagada de insectos, les hizo recordar las bondades del «hogar doméstico» que dejaron atrás. La estadía en Quillota tuvo, sin embargo, otro tipo de compensaciones. El Colchagua que había llegado a esa ciudad vestido con el uniforme de las erogaciones de San Fernando la abandonó transformado en «un cuerpo de línea, que daba sus primeros pasos hacia el campo de la gloria». En Valparaíso el batallón provinciano fue vivado por la multitud e incluso posó para un fotógrafo que guardó el recuerdo para la posteridad. Antes de abordar el Loa, los milicianos prometieron «derramar su sangre en suelo extraño». Desde el momento del embarque el soldado comprendió que había que «vivir entre las balas» y adaptarse a la guerra y sus desafíos. El más importante era la pérdida de control sobre la propia vida. «Íbamos —anotó Krug en su diario— a balancearnos sobre la superficie de las aguas, sin otra esperanza que la responsabilidad del comandante del vapor a quien ninguno de los del Colchagua conocía bien510. La penosa marcha por el desierto —un «potro de tortura colosal», de acuerdo a Miguel Luis Amunátegui— fue un tema constante en la narrativa de guerra511. El «tenebroso caos» fue un verdadero vía crucis para los expedicionarios, que quedaron con los pies hechos pedazos de ampollas luego de cruzarlo. Silenciosos y sombríos, los soldados caminaban mirando al suelo sin que les llamaran la atención sus jefes o compañeros. Solo el toque de alarma los lograba sacar de su «muda resignación» ante lo inevitable (Rodríguez Rautcher, 1988, p. 33). Otro 260

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