hermanos y a los hijos que se dirigían a la guerra. Entre ellas estaba la madre de Hipólito, quien sollozaba pensando que quizás ese sería el último encuentro con su hijo. Partir a la guerra era despedirse de los seres queridos pero también de los placeres de la vida, dejando atrás «ilusiones, ambiciones y triunfos». De hombre libre el soldado pasaba a convertirse en subalterno y dependiente, lo que implicaba una dramática transformación de su ser. En la carta que Abraham Quiroz le envió a su padre, el expedicionario le pidió encontrarse por la última vez en la estación de San Bernardo. Nosotros, le manifestó escuetamente, «vamos seguramente a morir» (Quiroz & Gutiérrez, 1976, p. 51). La gran ansiedad que generó un viaje sin fecha de retorno permite entender el ambiente que se respiró en la estación de Quillota luego de la partida de su batallón hacia el norte. A propósito de ese acontecimiento el subteniente Vicencio registró en su diario la gran tristeza que le causó presenciar «los gemidos ahogados y silenciosos suspiros que se lanzaban por los que se iban». El oficial hizo un esfuerzo enorme para contener su gran pena ante esos «centenares de almas» que lloraban desconsoladamente por la ausencia tal vez definitiva de sus seres más queridos (Vicencio, 2008, pp. 12-13). El adiós en la estación del tren o al pie del barco fue un anticipo de otros pesares, entre ellos la adaptación del cuerpo a factores desconocidos, como fue el clima del desierto nortino. La ciudad de Antofagasta, desde donde cientos de soldados escribieron a sus familiares para despedirse tal vez por última vez, fue descrita por el oficial Alfonso Segundo Krug como presa de un calor insoportable508. Su aspecto era además muy triste por los efectos de una terrible aridez. Cabe recordar que el desierto, el medio geográfico al cual se enfrentó el ejército chileno, se caracterizaba por cambiar constantemente de aspecto. La apariencia general de la provincia de Atacama, donde montículos y valles ondulados se destruían y reemplazaban debido a los fuertes vientos que lo azotaban, colaboró en crear una sensación de precariedad e incluso de fatalismo que acompañará al expedicionario a lo largo de todo su viaje. «Pobres compañeros», escribió en su diario Miguel Moscoso refiriéndose a los soldados que caminaban por el desierto con rumbo a Tarapacá. Resultaba muy probable que ellos «apenas ocuparían una línea» en la historia de la guerra y del mismo desierto por el cual transitaban509. Ese fue el caso de un soldado de línea herido por una bala que le penetró el cerebro y que fue enterrado en Pacocha. Máximo Lira se sorprendió del homenaje —en su opinión exagerado— que le tributaron sus compañeros. Cuatro soldados llevaron 259
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