Guerreros civilizadores

umbrales del territorio» nacional por esos manes cuya misión fue resguardar a Chile contra cualquier clase de agresión11. El proceso histórico que culmina en el abrazo entre «Chile viejo» y «Chile nuevo» —un hecho que de acuerdo a Eulogio Altamirano significó la coronación de un «grandísimo edificio» sostenido sobre «brazos de gigantes»— es el tema central de este capítulo. Porque si bien resulta obvio que el 17 de setiembre de 1884 fue un momento climático en la historia de la joven república sudamericana12, no existe un estudio puntual sobre la ardua tarea política que hizo posible tan celebrado desenlace. La tendencia a leer la guerra declarada el 14 de febrero de 1879 en clave diplomática, económica y militar, el desinterés por ubicarla en el marco de desarrollos históricos de larga duración, junto a la idea, aún vigente, de concebirla en el marco de un conflicto cívico-militar13, ha encubierto una labor compleja y a todas luces más relevante. Aquí me estoy refiriendo exclusivamente al proceso mediante el cual un grupo de políticos lograron ensamblar, en nombre del Estado, esa maquinaria de guerra que sostuvo a los miles de expedicionarios que llevaron «a la patria en sus brazos». El esfuerzo sostenido de los presidentes Aníbal Pinto (1876-1881) y Domingo Santa María (1881-1886), de los miembros de sus respectivos gabinetes ministeriales —como es el caso del veterano político y estadista Antonio Varas—, de los representantes diplomáticos, de los intendentes, gobernadores, generales, comandantes y abogados —cuya tarea fue sortear innumerables obstáculos antes de entregarle a Chile los frutos de su impresionante victoria en el Pacífico Sur— no ha sido analizado como el remate de una empresa que pone en tensión tanto la estructura del Estado como sus prácticas, actualizando viejos principios, forzando la adopción de otros nuevos y haciendo evidente la precariedad de un sistema que debió desplazarse al norte para subsistir. Una aproximación al encuentro que es simbólico a la vez que práctico entre «Chile viejo» y «Chile nuevo» permite ingresar a ese vórtex preñado de dificultades y de contradicciones dentro del cual maniobran los representantes de un Estado cuyo territorio fue añadiendo grados geográficos al ritmo de cada victoria militar. Dentro de un contexto dominado por la contingencia más absoluta, la burocracia chilena, entrenada en un sinfín de combates políticos, cumplió con la difícil tarea de organizar y canalizar los esfuerzos bélicos. En virtud de ello y con la única finalidad de dotar a la república de una maquinaria de guerra «activa e inteligente», la administración de Aníbal Pinto debió orientar sus 26

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