para el largo viaje cantando, junto a él, la marcha «Nos vamos al Perú» (Benavides Santos, 1925, p. 29). En la despedida de los soldados se hace evidente la tensión entre el amor a la familia y la lealtad a la patria. En respuesta a la reprimenda de su padre por haber partido a la guerra sin antes consultarle, Abraham Quiroz le escribe: «Nosotros hemos venido a servir a la Patria» y por lo tanto «usted no se debería de afligir». El joven recluta consideraba que no ir a pelear por Chile era una verdadera deshonra personal (Quiroz & Gutiérrez, 1976, p. 175). «Nada me ha detenido para correr al campo de guerra, ni los lazos que me unían a una mujer que ya han quedado rotos para siempre», escribió Víctor Bianchi en una carta en la que subrayó además que solo una bala de cañón podría apagar su amor por la patria506. En aras de la grandeza de Chile era necesario sufrir no solo la despedida de los familiares mas cercanos sino también otro tipo de dolores, escribió en su diario el subteniente Figueroa Brito. El que amaba a su patria y se sacrificaba por ella, amaba a su familia, amigos y protectores (Vicencio, 2008)507. El oficial Vicencio narró el momento de su partida cuando su madre lo vio ponerse el kepí militar. Los ojos enternecidos y suplicantes de su progenitora lo hicieron dudar por un instante «entre el hogar y el deber como chileno». Sin embargo, «una fuerza sobrehumana y poderosa» pudo derrotar al amor maternal. El patriotismo, anotó en su diario, era superior a los demás afectos. Frente al espectáculo de su madre sollozante Vicencio contrapuso a «la República», que reclamaba de sus hijos la ayuda necesaria para completar una tarea colosal. Esta consistía en suspender hasta el firmamento la estrella radiante de Chile. Mientras su madre lloraba desconsolada, el oficial vio «el árbol de la libertad inclinarse mustio» y comprendió que era necesario regarlo con la sangre chilena para que de nuevo se alzase «tierno y floreciente». Vicencio nunca volvió a ver a su familia. El militar murió en Lima a consecuencia de las heridas recibidas durante la batalla de Miraflores (Vicencio, 2008, p. 7). El desarraigo y la nostalgia que ella provoca fueron dos de los grandes temas de la narrativa de guerra. En medio de los gritos de la multitud congregada para celebrar la partida de los batallones, afloraron sentimientos que cada hombre destacado al frente debió reprimir. Hipólito Gutiérrez ofrece una descripción detallada de la manera como vivió su particular ceremonia del adiós. La estación de Chillán, lugar donde inició el periplo que lo condujo al Perú, fue durante algunas horas el punto de encuentro de muchísimas mujeres que «aguaitaban» a los maridos, a los 258
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