nación del enemigo. La publicación de esta experiencia, que puede ser considerada como un ejercicio de etnografía aplicada, irá modelando una visión sobre el Perú y lo peruano. Porque sin dejar de lado la estricta crítica que en la mayoría de los casos el cronista ejerce contra la guerra y sus administradores, es él quien finalmente define una historia personal que no puede desprenderse de la de una comunidad nacional que ve en el Perú su nemésis y su foto en negativo. De esa manera, el imaginario nacionalista chileno logrará definirse incorporando lo extraño en un lugar obviamente marginal e inferior. Pero para que todo este fascinante y complejo proceso ocurriera fue necesario antes que miles de hombres se despidieran del mundo conocido y abrazaran, al menos por algunos años, la alteridad que existía más allá de la frontera. II. DE VIAJES, DESPEDIDAS Y OTROS DESENCUENTROS La despedida de los batallones militares con rumbo al norte se convirtió, a partir del verano de 1879, en una suerte de muerte simbólica para el soldado, no obstante el ambiente festivo que usualmente rodeó a dicho evento patriótico. Mujeres, chiquillos, estudiantes, cojos y quiltros seguían el paso de los oficiales y soldados, creando la ilusión de que los acompañarían hasta el frente de batalla (Rodríguez, 1902, p. 17). Sin embargo, la realidad era mucho más compleja. Santiago era «un río de lágrimas» que corría «a cauce seco como su veraniego estuario»505. A pesar de que muchos de los que partieron quizás para siempre no exteriorizaron su sufrimiento, nadie podía negar que tenían el «corazón acongojado y partido de dolor» antes de embarcarse para el teatro de las operaciones. La tristeza se trocó en alegría al encontrarse con una familia sustituta. Hipólito Gutiérrez cantó y bailó con sus camaradas de armas, lanzando al unísono un «¡Viva Chile!» que resonó a varios kilómetros de distancia. «Parecía que íbamos a una fiesta» fue la frase que el recluta utilizó para describir una experiencia que integraba la euforia del viaje con la tristeza que generaba el desarraigo (Gutiérrez, 1950, p. 61). Antes de embarcarse hacia lo desconocido, el soldado Arturo Benavides estuvo durante media hora apoyando su cabeza en el regazo de su madre. El adiós le permitió disfrutar del placer de sus caricias sobre sus cabellos. El alejamiento del seno materno, que sin lugar a dudas lo afectó muchísimo, fue compensado con el ambiente de algarabía que vivió en el barco que lo condujo a Antofagasta. En la embarcación sus camaradas se preparaban 257
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