Guerreros civilizadores

relato sobre el penoso regreso de los expedicionarios a Santa Catalina, luego de la batalla de Tarapacá, se hizo evidente que el mayor dolor de los sobrevivientes fue por los que no volvieron. Después de la derrota todos esperaban por la oportunidad de vengar la sangre de los suyos de manera «terrible»502. En Tacna, escribió José Trico, no se capturaron prisioneros. Los heridos «fueron muertos a culatazos», como respuesta a lo que el enemigo hizo previamente con los camaradas. Todos los enemigos que cayeron en poder de los expedicionarios «fueron muertos como perros» porque ellos así lo quisieron503. La venganza no fue la única manera de honrar la memoria del caído en combate. En la carta de pésame que Rudecindo Bayvinger le envió a Margarita Argomedo con motivo de la muerte de Rafael Baeza en Pucará, el oficial le comunicó que no debía preocuparse por los restos mortales de su hijo, porque él mismo había cumplido con el «sagrado deber» de enterrarlos. Luego de un penoso peregrinaje a lomo de mula por los Andes, el cuerpo de Baeza fue depositado temporalmente en el Panteón de Lima, donde compartió por algunos meses sepultura con el hermano de Bayvinger, muerto en Miraflores504. Soldado chileno anónimo de Infantería ¿Cuál es la relevancia de estos relatos que sin intermediación alguna, salvo un prólogo o un estudio introductorio, fueron alimentando el imaginario que se construye en Chile alrededor de la Guerra del Pacífico? Cuando se empiezan a analizar los escritos de los soldados que partieron rumbo al norte y se observa a través de sus crónicas la manera como ellos interactuaron con la geografía y con el poblador boliviano y peruano, surge una nueva imagen de la guerra y de la cultura que se va perfilando en ese 255

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