Guerreros civilizadores

ideología grandilocuente de la que dimos cuenta en los capítulos previos. «Comí higos, duraznos, pacay, granadas, cuanta fruta madura hallé; cogí chirimoyas, limones y plátanos verdes; corté grandes ramas de guayabo para traer a bordo; en una palabra me convertí en un chiquillo para gozar de todo aquello que me he visto privado por tanto tiempo», escribió Máximo Lira, paradójicamente uno de los ideólogos de la guerra cívica, en una carta enviada a una amiga desde Pacocha, Ilo (Claro Tocornal, 2003, p. 69). Para el soldado Abraham Quiroz, sus mejores días fueron los pasados en Tacna «comiendo camotes asados en charquicán, puchero y toda clase de comidas» (Quiroz & Gutiérrez, 1976, p. 80). La referencia al pedazo de carne asada, la fruta jugosa, la taza de café humeante o la copa de buen pisco destaca la importancia que el combatiente le otorgó a los goces de los sentidos. «Daba gusto —escribió desde los Andes centrales el comandante Pedro Pablo Toledo— devorar con apetito el pernil de gallina fiambre y el pedazo de asado regado de vino u otro licor»498. La promesa de que la larga caminata los conduciría a un lugar pródigo en comida y agua sirvió para reforzar la moral de la tropa. Manuel Moscoso relata que la oferta de descansar en un oasis lo ayudó a olvidar, al menos por un momento, las fatigas de un largo viaje cuyo destino final fue Tarapacá499. En la narración de este combate, en el que el ejército de Chile fue derrotado por el de la Alianza, un cronista anónimo criticó a los jefes militares, quienes «se ocuparon en comer cazuelas» en lugar de liderar a la tropa500. El hambre y la sed recorren los relatos de los combatientes. «Tanto habíamos sufrido con el hambre, que ninguno se atrevió a comer su parte por entero: todos guardamos algo por lo que pudiera sucedernos», anotó en su diario el doctor Larraguirre, quien luego de la batalla de Chorrillos compartió una «opípara cazuela» con otro de los sobrevivientes de ese sangriento encuentro501. Las narrativas dan testimonio de las satisfacciones de la vida militar, entre ellas la camaradería que se vive entre los soldados. La guerra fomentaba una profunda hermandad entre los miembros de un mismo batallón. El cariño por el camarada de armas era el fruto de la costumbre de vivir, comer, soportar los rigores de la campaña e incluso estar «expuestos a morir juntos» (Urquieta, 1907, pp. 229-230). «Yo con mi compañero Sandoval no nos apartábamos un momento unos con otros los cuidamos y los protegíamos: un cigarro que hubiera tenido el uno le convidaba al otro y así sucesivamente» escribió Hipólito Gutiérrez en las páginas de su notable diario de campaña (Gutiérrez, 1950, p. 66). En el 254

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