Guerreros civilizadores

comparó al Portal de Botoneros de Lima «con sus ociosos», a la Puerta del Sol «con sus cesantes» (del Solar, 1967, pp. 244-245). Si se tiene en cuenta su aspecto comparativo, la mirada de del Solar guarda similitud con el interesante epistolario que el soldado Abraham Quiroz le escribe a su padre desde la sierra central del Perú. Probablemente natural de Quillota, Quiroz se enroló tempranamente en uno de los tantos batallones cuyo destino final fue Antofagasta. Desde ahí partió al frente y participó en la mayoría de las campañas de la Guerra del Pacífico, incluida la de la Sierra. Las setenta cartas que escribió a su padre Luciano entre 1879 y 1884 fueron publicadas en 1986. Ellas revelan un retrato minucioso de la guerra y sus penurias, así como la notable capacidad de narrador que posee su autor. Lo notable de este soldado raso, quien probablemente apenas completó la primaria, es su gran capacidad descriptiva y su aproximación etnográfica a la «extraña» cultura que encuentra en el Perú, de lo que daremos cuenta más adelante (Quiroz & Gutiérrez, 1976). De extracción social modesta, Hipólito Gutiérrez, aldeano de Colton, escribió sus recuerdos sobre la guerra en un puñado de hojas de papel, tomadas al parecer de una oficina azucarera del norte peruano. Lo fascinante del relato de Gutiérrez es su capacidad de combinar un sinnúmero de temas generales con el día a día de la guerra. Entre ellos, el papel que tuvo la comida en el imaginario del soldado, los pequeños placeres que lo entretenían como el consumo de cigarros hechos con hojas de algodón, el lavado de la ropa blanca para «poder mudar», las marchas interminables y su efecto sobre el cuerpo, la tristeza de la noche eterna que sucedía al combate y los rezos a la Virgen del Carmen, a quien dedica su diario. Todos estos temas irán desfilando en el relato de un hombre que en algún momento y abrumado por la campaña terrestre deseó simplemente no haber nacido (Gutiérrez, 1950, pp. 182-183, 185). A pesar de la crudeza de los relatos y de las escenas espantosas que algunos soldados describen de manera muy gráfica, la narrativa bélica de la que se ocupa este capítulo no es una historia de víctimas; ningún hombre con un arma en la mano puede ser enteramente una víctima. Cada narrador cree ser un agente de su guerra personal. Las narrativas de guerra no son tampoco historias de horror, aunque pueden contener episodios horribles como se verá más adelante. Los escritos de los combatientes simplemente nos acercan a las luces y las sombras de la vida en campaña. En un escenario dominado por la precariedad más absoluta, el refugio para el combatiente son los pequeños goces de la vida y no necesariamente la 253

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