Guerreros civilizadores

pasadas. «Cuando no puedo prolongar la vida hacia adelante, escribe Riquelme entrado el siglo XX, «quédame el consuelo de ensanchármela hacia atrás por los recuerdos» (Latorre & Varas, 1931, pp. XX-XXIII). Otro periodista que ejerce las funciones de cronista bélico es Justo Abel Rosales, a quien la guerra lo sorprende trabajando en el diario El Pueblo de Quillota. Luego de la declaratoria, Rosales se enrola en el batallón Aconcagua de San Felipe, con el que marcha hacia el norte. En el prólogo de su diario de campaña, publicado un siglo después de concluido el conflicto trinacional, se aprecian los detalles del trabajo intelectual del periodista y soldado: «Con fina letra cursiva llenó las páginas de papel que él mismo cortará en cuadernillos, utilizando en su mayor parte los formularios de la Revista de Comisario». Su relato representa el punto de vista de un sector de la juventud incorporada en el ejército de línea. Ahí Rosales alcanzó los grados de sargento y oficial. Lo destacable del periodista es no solo su actividad como cronista de guerra sino el gremialismo que abrazó luego de terminado el conflicto. Aparte de su puesto de archivero de la Biblioteca Nacional, que pierde después de la caída de Balmaceda, Rosales será un miembro activo de la Sociedad Guerreros del Pacífico, institución militar de fraternidad y de socorros mutuos, y de la asamblea Arturo Prat, que gestionó el traslado de los restos desde Iquique del insigne marino (Rosales, 1984)497. Escribir sobre las experiencias en el campo de batalla fue un acto que cruzó a todas las clases sociales. Alberto del Solar, connotado miembro de la burguesía capitalina, redactó en París su historia de la guerra. Miembro del batallón Carampangue, que convocó a la crema y nata de la juventud santiaguina, del Solar anotó en su Diario de campaña la manera como él y un grupo de amigos tomaron la decisión de participar en la guerra «entre el humo del habano y la espuma del champagne» (del Solar, 1967, p. 22). En el prefacio a su obra el oficial aseguró que el proceso de redacción de su diario ocurrió «sin orden y sin arte» durante el tiempo libre que le quedaba entre «las horas de la guardia nocturna o el bullicioso rumor del batallón en marcha». Utilizando una serie de apuntes desordenados, del Solar escribió su texto durante su estadía en Europa. En el libro, publicado en 1886, el oficial esbozó una interpretación sociológica de los peruanos. «Sin conciencia perfecta» de lo que eran las necesidades bien entendidas, el ciudadano del Perú era «bullicioso y altanero, batallador y revolucionario por inclinación». Dentro de una línea de pensamiento que pretendía subrayar las similitudes entre españoles y peruanos, del Solar 252

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