Guerreros civilizadores

Urquieta, por ejemplo, la guerra lo encuentra ejerciendo la actividad de boticario en Calama. Después del decreto de expropiación de Daza, Urquieta, al igual que centenares de chilenos, huye hacia Tocopilla y en medio del combate que ocurre luego de la «reivindicación» su botica es destruida. Después de la caída del puerto boliviano, Urquieta es nombrado administrador de correos y farmacéutico del hospital militar. En los primeros meses de la guerra el boticario une su suerte a la de una montonera denominada los «Vol. ntarios del Norte». Esta compañía se disuelve en Antofagasta y muchos de sus miembros se incorporan como soldados a los Cazadores a Caballo o Regimiento de Granaderos. El ex boticario hace toda su trayectoria militar en el ejército de operaciones y participa en la mayoría de los combates importantes, incluidos el de Tacna y el de Miraflores (Urquieta, 1907, pp. 73-74). Desde otra experiencia vital, Arturo Benavides Santos, soldado del Lautaro y natural de Valparaíso, se enrola a los quince años junto con otros alumnos del liceo en la milicia que parte rumbo al norte. Benavides, quien narra la efervescencia que vive Valparaíso en vísperas de la guerra e incluso compara su experiencia a un viaje de vacaciones, publica sus memorias como consecuencia de su acercamiento al Círculo de Oficiales Retirados. En el caso de Lucio Venegas, cuyo relato aparece en el mismo año que el Álbum de la gloria de Chile, el tono de su escrito es jocoso e irónico respecto al relato nacionalista que domina la esfera pública. Venegas, un cadete provinciano, utiliza su «Sancho en la guerra» para ejercer la crítica social, aunque coincide con los curas en el hecho de que la Guerra del Pacífico era un acto de castigo y de justicia divina contra Bolivia y el Perú (Benavides Santos, 1925; Venegas, 1885). Daniel Riquelme, autor de una serie de notables cuentos de guerra, fue a inicios de la campaña terrestre corresponsal de El Heraldo de Valparaíso. Luego perteneció, junto con los médicos, los periodistas y el personal administrativo civil, al grupo de los llamados «cucalones», y ocupó más adelante un puesto en las ambulancias del ejército. Durante la ocupación de Lima ejerció la redacción, junto a Isidoro Errázuriz, del diario La Actualidad y en 1885 lo encontramos sirviendo en la secretaría de la aduana del Callao. A pesar de no ser un soldado, Riquelme estuvo en contacto directo con la guerra y es por ello que se le considera como uno de sus mayores popularizadores. Sus reminiscencias, al igual que las de Arturo Benavides o Carlos Alfaro, aparecen en un momento de crisis del ideario nacional, cuando lo que prima es la nostalgia de las glorias 251

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