Guerreros civilizadores

mismos. El objetivo de todos era obtener reconocimiento público e incluso algunas monedas con las cuales mitigar las penas causadas por la guerra. La narración del conflicto armado con Bolivia y el Perú se convirtió en un floreciente negocio editorial. Una evidencia de ello es el Álbum, que salió a la luz con ilustraciones de Luis Fernando Rojas, y también el almanaque de la guerra, que se vendía en el pasaje Matte a precios populares. El almanaque constaba de fotos y de descripciones de las principales batallas peleadas por el ejército chileno. Presentado al público lector como «un lindo cuadro de guerra» la idea de sus publicistas era que ese documento no faltara en ningún escritorio de los hogares nacionales494. Cabe resaltar que a medida que los combatientes iniciaron el ansiado regreso a sus hogares sus voces empezaron a poblar la esfera pública chilena, reemplazando, de esa manera, a la de los intermediarios. En efecto, el temprano fallecimiento de Vicuña Mackenna en 1886 creó una suerte de vacío cultural, el que fue llenado con los relatos de los mismos soldados, quienes finalmente aparecieron con nombre y apellido en la escena pública495. «Relataremos a la ligera la conducta observada por un sujeto llamado Antonio Urquieta de 23 años de edad en la plaza de Calama el día del combate que tuvo lugar el 24 de marzo de 1879», escribió Urquieta refiriéndose a su propia actuación en la Guerra del Pacífico (Urquieta, 1907, p. 67). Los relatos de los protagonistas, como el anteriormente citado, ofrecen una versión en primera persona que permite llegar a lugares geográficos y mentales escasamente explorados por los publicistas de la primera hora. Ese es el caso de Urquieta, de Rosales, de los comandantes Toledo y Baeza, de los soldados Ibarra, Gutiérrez y Quiroz o del mismo Florentino Salinas, quien de manera magistral describió esa urgencia vital que solo un hombre armado de un rifle y de unas cuantas balas podía expresar496. La difícil tarea a la que se refirió Salinas consistía en «continuar hacia delante, hacia un punto que los ojos del alma parecían ver alejarse como un término fantasmagórico» y al que no podía llegarse jamás (Salinas, F., 1893, p. 373). ¿Será posible redactar una biografía colectiva de los hombres que participaron en la Guerra del Pacífico y regresaron para contar sus experiencias? A pesar de que no es mi intención seguir el esquema de Vicuña Mackenna, cuyo modelo demanda de la elaboración de cientos de hojas de vida, lo que sí resulta factible es consignar ciertas pinceladas biográficas que pueden ayudar a que la narrativa de la guerra cuente con un imprescindible contexto histórico. Al cronista soldado Antonio 250

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