generales. Entre 1879 y 1882 fue reconocido como el jefe moral de la República de Chile, como el animador de sus ejércitos —del pueblo en armas— y como el cantor de las glorias de todos, «de capitán a paje, de marinero a almirante». La mayoría de corresponsales destacados en el frente acudieron a su pluma para hacer pública tanto su situación personal como la de sus camaradas. «Lo tendré informado de todo lo que ocurre guardándome la reserva, aunque creo que es inútil advertírselo», le escribió Alberto Zenteno desde Lima492. «Todos los zapadores —afirmaba el oficial Ricardo Canales— ven en usted al padre cariñoso; como es muy justo esperamos de usted la salvación», añadiendo que como los diarios no se ocupaban «absolutamente» de su unidad destacada en Monsefú, ese «mutismo absoluto» lo obligaba a alzar su voz para atraer el interés de Vicuña Mackenna, a quien le pidió intercediera por un ascenso militar493. Los agentes del recuerdo, como fue el caso específico del editor del Álbum de la gloria de Chile, aderezaron sus relatos con las cartas, diarios, memorias e incluso ilustraciones de los cientos de hombres que entraron al teatro de la guerra y volvieron transformados por esa traumática experiencia. Considerando la impresionante cantidad de documentos pertenecientes a los combatientes que yacen en el archivo personal de Vicuña Mackenna, es posible afirmar que una parte importante de las cuartillas que los soldados redactaron en sus momentos libres llegaron a manos de periodistas, quienes las insertaron en sus propios escritos. Así, la diseminación masiva de cartas, artículos periodísticos e incluso diarios producidos en el campo de batalla sirvió para nutrir las oficinas de redacción de los periódicos pero también dio cierta visibilidad a un grupo de noveles narradores hasta ese momento desconocidos por los lectores chilenos. Fueron las historias, reales o imaginarias, de los cronistas soldados las que entretuvieron a una «fiera» llamada público (López, 1910, p. 90). En un contexto que tiene que ver con la mercantilización de la esfera pública, pero también con la ampliación y la democratización de la misma, la guerra colaboró en propiciar un tráfico notable de información del mundo privado al público y viceversa. «Dejad a mis ancianos padres, mi recuerdo y la evocación de mi último suspiro… Déjales cuanto me pertenece en ropa, libros u otros objetos para que con su venta se atienda el pago de la cuota de la cuenta que le debo al fisco» fue parte del testamento de un combatiente publicitado en las páginas del Álbum. En este libro se revelaron infinidad de recuerdos íntimos de los soldados y marinos, los que llegaron a las manos del editor vía sus familiares e incluso ellos 249
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