Guerreros civilizadores

la guerra. En los arcos triunfales, en las músicas alegres y en los cánticos de la calle solo existía «la engañosa pompa de las alegrías populares». Pero si se levantaba el velo que cubría el rostro de los deudos era fácil descubrir la infinita crueldad que hacía falta para ejercer «el arte de la guerra», que era nada menos que «el arte de matar». Ley dura y sin entrañas era aquella capaz de destruir todo lo que había de generoso, de altivo y de juvenil en el ser humano. En la Guerra del Pacífico —descrita en el Álbum como «carnicera en demasía y prolongada hasta lo inverosímil»— fueron cayendo sobre el «seno ensangrentado de la patria» miles de sus «más nobles hijos» (Vicuña Mackenna, 1883, I, pp. 69, 151). Para Vicuña Mackenna la guerra era «un puñado de cenizas empapadas de lágrimas» y sus directores un grupo de ineptos que mayormente no entendían lo que ocurría en el campo de batalla. La prensa fue el espacio en el cual los soldados ventilaron los problemas que encaraban diariamente en el frente de batalla. La guerra de las palabras exhibió, sin embargo, una serie de complicaciones. Los ecos de la prensa, escribió J. E. López en su diario, hacían «un efecto terrible» en el ejército y la armada, dando lugar a un germen de indisciplina, de desmoralización y de amarguras (López, 1910, p. 90). Las cartas que llegaban desde los campamentos militares a las oficinas de redacción de los periódicos eran publicadas y comentadas por los periodistas encargados de informar sobre la marcha de las hostilidades. Esto permitió la creación de una historia de la guerra en tiempo real, cuyos protagonistas fueron los mismos soldados. La estrategia de Vicuña Mackenna fue incorporar la voz de los combatientes en un relato que, como hemos señalado anteriormente, se asemejó a un folletín por entregas diarias. Los cambios en la tecnología de las comunicaciones exigían una nueva forma de ejercer el periodismo y el quehacer histórico y eso fue lo que ocurrió a partir de 1879, cuando cientos de soldados incorporaron su voz en el gran relato nacional que se estaba forjando a una velocidad nunca antes vista. «En los presentes tiempos en que todo es luz, nacida ésta de la presión del riel que anda, del alambre que vuela, del cilindro que imprime y multiplica, la historia no necesita pedir plazos para ser imparcial y verdadera. Su incubación en el corazón del pueblo que interroga y lee, como en el cerebro del artífice que trabaja y difunde, se hace casi espontáneamente como la de ciertas plantas acariciadas en los invernáculos que a su calor ostentan rica lozanía, mientras que cuando crecían al cierzo del tiempo y del páramo, alcanzaban solo vida desmedrada, sin flores, sin follaje y sin perfume» (Vicuña 247

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