Álbum. La primera es el hecho de que la guerra podía ser concebida como una suerte de viaje hacia la redención personal. La segunda, que ella no solo significaba la gloria para el combatiente sino la posibilidad de una ansiada movilidad social. «Si yo tuviera fortuna no ambicionaría más de lo que soy; pero debo vivir consagrado a la carrera que al intrépido lo eleva socialmente. «¿Es necesario —le pregunta Dardignac a su esposa— lo que posees para que vivas con la decencia que te han criado o es necesario más?» Ese «más» se encontraba «en el campo de batalla» y era preciso ir a arrancarlo al enemigo bayoneta en mano. La historia de Dardignac fue la de un hombre que «después de haber entrado en la carrera de la vida por un sendero de espinas y de azares» logró con «trabajo, valor, abnegación y fe» alcanzar la fama, el reconocimiento social y la inmortalidad (Vicuña Mackenna, 1883, I, pp. 37-50). El Álbum celebró la identidad individual y el tránsito hacia la gloria, pero también asoció la gesta personal al nombre de una provincia de Chile. En la biografía colectiva de la guerra editada por Vicuña Mackenna, Rafael Torreblanca fue asociado a Copiapó; Manuel Thomson a Valparaíso; Vivar a Colchagua; Garretón al Bío Bío; los Serrano a Melipilla y Arturo Prat a Quirihue. En su calidad de capital de la república, Santiago recibió, asimismo, un reconocimiento especial. Porque a pesar de que la guerra movilizó a la nación entera, «su fuerza de propulsión más enérgica, el impulso más vivificante» partió del «corazón hacia las extremidades». Dentro de ese contexto, el telégrafo fue el encargado de unir «mediante una corriente subterránea» todas las ciudades, provincias y «lugarejos humildes de Chile» con Santiago. El Álbum, por otro lado, rindió tributo a todos los extranjeros que pelearon por la causa nacional. La república vencedora se convirtió de esa manera en una naciónuniversal, un crisol de provincias pero también de países que aportaron la sangre de sus hijos a la causa bélica. Ese fue el caso de Otto von Moltke, capitán del Chacabuco, quien a pesar de ser danés puso su espada al servicio de su patria adoptiva en Angamos, Tarapacá, Tacna y Chorrillos, donde finalmente pereció luchando. El rostro de este hijo de un noble prusiano fue desfigurado, denunció Vicuña Mackenna en el Álbum, con «las cobardes cortaduras de los yataganes». Los «villanos» peruanos que lo asesinaron llegaron «hasta la profanación indígena y semi bárbara, cortándole las orejas y la nariz». La misma narrativa que celebró la gesta patriótica de un puñado de valientes no tuvo reparos en criticar a una institución tan execrable como 246
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