En los momentos «de verdadera Babilonia en el que todos hablaban, en el que nadie quería oír a nadie y en el que todos opinaban sin base histórica», escribió el soldado del Buin Juan Meyerholz, era necesario que los chilenos conocieran algunas consecuencias concretas de la Guerra del Pacífico. A lo que se refería el veterano en su memoria publicada en 1926 era a las penurias vividas por cientos de sus camaradas de armas. El hecho social y político que un desilusionado Meyerholz vino a recordarles a sus connacionales era que el gobierno negó «a sus mejores hijos un mendrugo del festín costeado por las riquezas que ellos conquistaron». Luego de la guerra, anotó Meyerholz, el gobierno le entregó 33 pesos a las clases y 154 a cada subteniente. Con esta pequeña cantidad de dinero los veteranos debieron cambiar en un plazo perentorio el honroso uniforme militar por el traje civil. Para mediados del año 1881 era fácil estimar la magnitud del sacrificio de los servidores de la patria, quienes vagaban por las calles de Santiago envueltos en andrajos, apelando a la caridad pública para sobrevivir (Meyerholz, 1926)490. I. LA GUERRA DESDE LA PERSPECTIVA DE LOS PROTAGONISTAS El primer intento de abordar la Guerra del Pacífico desde la perspectiva de los propios actores provino de la pluma de Benjamín Vicuña Mackenna quien en El Álbum de la gloria de Chile dio inicio a un relato intimista y personalizado del conflicto armado que sostuvo Chile con sus vecinos. Publicado entre 1883 y 1885 el Álbum ha sido descrito como «un inmenso obituario» en el que se agrupan las necrologías de todos aquellos «heroicos militares y marinos que supieron merecer el sitial de honor de los héroes epónimos» (Pereira Salas, 1977, Prólogo). Fiel a su visión de la guerra como una gesta ciudadana de corte estrictamente popular, Vicuña Mackenna revivió «las escenas conmovedoras de aquellos adioses» en las que el pueblo entero se agrupó en la playa de Valparaíso para ver partir a los defensores de la patria. En su relato polifónico, que puede ser visto como un antecedente temprano de la narrativa bélica que floreció en las décadas siguientes, Vicuña logró combinar su voz con las de los caídos en combate. Como intermediario entre el soldado muerto y el público lector, el editor del Álbum se convirtió así en la voz autorizada de la guerra y en el depositario de un legado que se revitalizaba en el contacto con la fuente histórica. No contento con ello, Vicuña también reforzó la noción, defendida en su momento por Isidoro Errázuriz, de que el heroísmo abría 244
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