Guerreros civilizadores

repertorios conceptuales y formales provenientes de la literatura de viajes, la narrativa popular, la prensa, la cultura oral y, como veremos a continuación, la recién inaugurada crónica bélica. Respecto a la literatura de viajes como parte importante del bagaje cultural del soldado chileno, desde hace algún tiempo ciertos estudiosos se han percatado del cruce histórico ocurrido durante el siglo XIX entre el discurso del viaje y la representación de la identidad nacional. En dicho período, considerado como una etapa clave en la conformación de un imaginario totalizador, las preguntas apuntan a develar la existencia de una cultura propia y una identidad colectiva486. El desplazamiento espacial, como el experimentado por miles de expedicionarios a Bolivia y al Perú, no solo ayudó a romper esquemas geográficos y temporales sino que los enfrentó con lo ajeno y con lo extraño. El contacto con la diferencia forzó a la reafirmación del valor de lo propio, es decir del terruño y en algunos casos de Chile-nación. Porque fue en el desierto, como se encargó de recordarlo un miembro del batallón Aconcagua, donde el combatiente finalmente contrastó su «desamparo y triste aridez» con «la memoria del recuerdo de las fértiles campiñas de la patria y los hogares queridos» (Salinas, 1893, p. 98). Algo similar le ocurrió al soldado quillotano Abraham Quiroz, quien en una sucesión de cartas a su padre, enviadas desde la sierra peruana, reafirmó la superioridad de la «civilización» chilena frente a la «barbarie» indígena (Quiroz & Gutiérrez, 1976)487. Dos asuntos que ciertamente no debemos olvidar son la fragilidad de la memoria pública de la nación vencedora — la cual debe ser constantemente actualizada— y los usos y el valor que tuvo la memoria privada en la industria del recuerdo que floreció en Chile en la década de 1920. Fue en ese período decisivo en que este país experimentó una de las mayores crisis de su discurso nacionalista y por ello los recuerdos de los combatientes de la Guerra del Pacífico afloraron con renovados bríos488. Para quienes se percibieron como los paladines de la patria, escribir fue una manera de defender los derechos del combatiente. Dentro de ese contexto, el sargento Benjamín Vizcarra Donoso le escribió a Vicuña Mackenna en el invierno de 1880 para denunciar la indiferencia con la que el gobierno trataba a «un puñado de héroes mutilados», quienes clamaban para que los trasladaran de inmediato a un hospital. «Más suerte que nosotros —subrayó el artillero— han tenido los héroes peruanos, que ya han salido en gran número de esta ciudad pestilente y malsana»489. El tema de los soldados abandonados a su suerte reaparecerá unas décadas después. 243

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