Guerreros civilizadores

(el sujeto de la memoria socialmente determinada) es la acción. El homo actans, actor y a la vez narrador, es un participante de un grupo social relativamente autónomo, cuya función principal es conmemorar mediante el recuerdo. En efecto, una narrativa personal de guerra es lo que puede hacerse con el puñado de recuerdos que tiene un combatiente sobre el conflicto armado en el cual participó. Es por ello que el hombre que se propone escribirla ha sido descrito como un «hacedor», al igual que los novelistas, los poetas y otros constructores de palabras484. Haciendo uso de ellas, Florentino Salina rindió tributo a los morales y sufridos «legionarios del Aconcagua», quienes transitaron pacientes por desiertos y cordilleras a encontrarse con la muerte (Salinas, F., 1893, Introducción). Los diarios difieren de las cartas en la naturaleza de su audiencia: el escritor de cartas le habla a alguien en especial, mientras el diarista lo hace consigo mismo. «¡Una noche maravillosa!» escribió Víctor Korner en su diario de campaña. Ningún ruido ni señal de vida perturbaba la magnificencia del cielo estrellado que contempló extasiado mientras transitaba por el desierto nortino. La impresión de ver la media luz del cuarto menguante de la luna en su inmensa llanura fue descrita por el cirujano de ambulancia como inolvidable (Korner, 1929, pp. 68-69). «Me tiré al suelo y un soldado de la 2ª me echó una manta encima y me quedé dormido como una piedra», escribió Alejandro Gorostiaga en una de las entradas de su diario en los días previos a la batalla de Dolores485. El batallón Coquimbo caminaban tan cerca de la playa que las olas mojaban los pies de los soldados que se dirigían a Lima. Los corazones de los que se acercaban presurosos a ese momento decisivo, escribió Antonio Urquieta en el cuaderno que llevaba consigo, «palpitaban de emoción». Luego de su regreso a casa Urquieta intentó volver a la vida a sus camaradas de armas, quienes en medio de decenas de banderas flameando al aire y envueltas en el humo del combate se dirigían a su prueba de fuego en la capital enemiga. El acto de remembranza de Urquieta nos permite ver a través de sus ojos el campo de batalla cubierto de cadáveres y escuchar al cañón matando y haciendo temblar con su rugido ensordecedor a la antigua sede virreinal (Urquieta, 1907, I, pp. 170-171). El alejamiento del expedicionario de su lugar de origen —un hecho que es obviamente geográfico pero también cultural— le permitió delinear un espacio alternativo desde donde la guerra cobra un nuevo significado basado en la experiencia personal que es estrictamente sensorial. Sin embargo, y más allá de su novedad, la narrativa bélica también dialoga con 242

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