bien irrelevantes, sin embargo, ellos aparecen como testigos de su particularidad humana en una guerra que transformó su destino y el de Chile. Colectivamente y sin proponérselo estas narrativas colaboraron en forjar lo que Roger Bastide denomina un bricolage, esto es una visión de la guerra que no es puramente historia ni memoria, sino un mito colectivo; mito que se irá nutriendo de documentos obviamente disímiles480. Cartas, diarios, cuentos y memorias producidos al fragor de la guerra o en los momentos de remembranza solitaria que la sucedieron dan testimonio de la dimensión cultural de este conflicto trinacional, así como de la variedad de productos que se gestaron como respuesta a ese inmenso desafío personal y comunitario. Las cartas de los combatientes, recopiladas por millares en el archivo privado de Benjamín Vicuña Mackenna, son las que nos entregan la versión más pura de la guerra, la más inmediata y menos reflexiva481. Personal y fragmentada, pero no por ello ajena a la difusión del ideario nacionalista, la «cara oculta» del enfrentamiento con Bolivia y Perú aflora en misivas como la escrita por el oficial Ricardo Canales, quien asoció el abatimiento del combatiente a las «fuertes y encontradas» impresiones que él recibía en el campo de batalla. Al principio, el soldado debía dominar el miedo, luego venía «la exultación» seguida de una breve celebración por el triunfo. Sin embargo, el sentimiento que finalmente prevalecía era el de una profunda desolación482. Lo más terrible ocurría ciertamente al final del combate: ver el campo sembrado de cadáveres y heridos y escuchar al mismo tiempo los clamores de los sobrevivientes «conmovían al corazón más duro»483. El momento más angustiante de la guerra fue sin lugar a dudas la ceremonia del adiós. Antes de abandonar el campamento de Dolores, algunos oficiales y soldados chilenos se reunieron alrededor de los compañeros muertos en combate y alzándolos en cuatro fusiles los llevaron a sepultar. «Nadie pronunciaba una palabra pero las lágrimas —le escribió el subteniente Rafael Torreblanca a su hermano— brillaban en todas las miradas», a medida que un puñado de arena cubría para siempre a los amigos que debían enterrarse en tierra extraña (Estado Mayor General del Ejército de Chile, 1981, p. 374). Todo aquel que hizo el esfuerzo de recordar lo que le ocurrió en la guerra actualizó su memoria privada, pero también utilizó un lenguaje cargado de significado social, como es el caso del oficial Torreblanca al referirse a sus camaradas caídos en acción. En ese contexto el nexo entre el homo sicologicus (el sujeto de la memoria privada) y el homo sociologicus 241
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