Una guerra vivida y contada en tiempo heterogéneo, como ocurre en el caso de la del Pacífico, está íntimamente asociada a los furiosos ritmos que separan los tiempos de percepción de los de la narración, así como también a los tiempos de producción de los de difusión de la narrativa bélica. El estudio de la guerra en tiempo heterogéneo, esto es el análisis de la manera como los protagonistas de la lucha desatada en 1879 vivieron su guerra personal, ayuda a contrastar la discusión abstracta con una experiencia dispersa y fragmentada, aunque concreta a nivel material (Chatterjee, 2007)479. Porque como lo recordó el oficial del Solar en su crónica, la guerra fue una experiencia en la cual tanto la percepción del tiempo como el espacio geográfico por donde transitó el soldado sufrieron grandes transformaciones. El cruce del desierto y de la cordillera de los Andes colaboraron en alterar la percepción de los miles de hombres que se aventuraron quizás por primera vez en tierra extraña y dejaron un relato de esa fascinante experiencia. Es así que la idea de la guerra vivida en tiempo heterogéneo tiene que ver con un tiempo lineal que se ve trastocado en la medida en que el soldado confronta una naturaleza agreste y un futuro incierto, pero también depende de la particularidad de las fuentes que sustentan esta discusión. En efecto, este capítulo se nutre de múltiples vivencias atrapadas en un puñado de documentos en su mayoría ajenos a los discursos oficiales y a las estructuras formales de los textos burocráticos, ciertamente de corte homogeneizador. La mayoría de los autores de las cartas, diarios y memorias que analizaremos a continuación entendieron la guerra desde un lugar en el cual sentimientos opuestos se imbricaban. Así, un miembro del batallón Aconcagua nos relata en su diario la historia de un peruano destrozado a bayonetazos, cuyo cuerpo fue quemado vivo por sus camaradas chilenos. Lo que sorprende es que a renglón seguido de esta historia de horror y de muerte el autor destaca la aparición de un «bellísimo arco iris» sobre el balneario de Chorrillos (Rosales, 1984, p. 219). La guerra como viaje al territorio de alteridad; la guerra como ritual de pasaje en el que conviven el horror y la muerte con la creatividad, la fantasía y la discusión política; la guerra como desgarramiento personal y como culpa tardía pero también como celebración de la superioridad cultural y racial chilena son algunos de los tropos que opinamos ayudan a complementar la discusión sobre política e ideología abierta en los capítulos anteriores. Resulta obvio que ninguno de los cronistas-soldados fueron imprescindibles y ninguno afectó tampoco el triunfo o la derrota en la guerra. A nivel individual fueron más 240
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