de remembranzas que no ha sido analizado en toda su magnitud. Las cartas, diarios, memorias y cuentos escritos por los actores de esa larga y difícil expedición terrestre y marítima que culminó en el verano de 1881 en Lima retratan la incertidumbre, la tristeza, el temor, las preocupaciones e incluso los dilemas morales de quienes padecieron la guerra en carne propia. Lucio Venegas, soldado y autor de Sancho en la Guerra: Recuerdo del ejército en las campañas de Perú y Bolivia, reprobó su participación en la expedición Lynch a la costa norte del Perú. Asumiendo la responsabilidad que le correspondió en la misión cuyo objetivo fue destruir el emporio azucarero peruano, Venegas no tuvo ningún reparo en denunciar el pillaje que la tropa chilena perpetró en Lambayeque. «Nos cubrimos el rostro avergonzados de haber formado parte de una cuadrilla de vándalos» (Venegas Urbina, 1885, pp. 206, 218, 222). Arturo Benavides, soldado del Lautaro, pensó en su madre y hermanos mientras quemaba las posesiones de aquella «sencilla gente» sobre la cual reflexionó con «piedad» en las memorias que publicó en 1925 (Benavides Santos, 1925, p. 174). ¿Cómo vivieron la guerra los soldados chilenos? ¿Cómo las grandes visiones analizadas en los capítulos previos ingresaron en la imaginación de los expedicionarios para ser plasmadas en diarios, cartas o memorias destinadas a un público masivo? Porque si bien es cierto que tanto la retórica secular como la sagrada colaboraron en reforzar el nacionalismo entre la oficialidad y la tropa, fue la experiencia personal, es decir el contacto con una realidad ignota, la que ayudó a forjar la idea de un «Gran Chile». Este se fue modelando en el seno de la comunidad conformada por los cronistas y el público lector. En el prólogo de sus Recuerdos de campaña, publicados a inicios del siglo XX, el veterano Antonio Urquieta dio cuenta de las dificultades que hubo de remontar para sacar a la luz su texto sobre la Guerra del Pacífico. «Con algunos afanes y una no interrumpida dedicación» Urquieta completó su manuscrito y partió rumbo a Santiago, donde los editores de la imprenta Universo lo aguardaban para publicárselo. Sin embargo, esa cita se truncó debido a que, aprovechando un descuido del autor, «dos audaces rateros» le arrebataron la maleta donde iba «encerrada» la guerra de 1879. A pesar de que la policía de Valparaíso hizo un gran esfuerzo por recuperar la valija, esta nunca apareció y el autor debió valerse de sus apuntes para redactar su memoria por segunda vez. En el artículo en el que el diario El Chileno denunció el agravio contra Urquieta se señaló que no existía dinero que pudiera 237
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