Guerreros civilizadores

provocando entre importantes sectores de la población. Es por lo anterior que no resulta una mera coincidencia la llegada de los restos de O’Higgins a la capital de un país fragmentado y polarizado. El Padre Fundador, símbolo a partir del cual se debía de refundar la República de Chile, era paradójicamente el paradigma del desarraigo y el ejemplo más dramático de lo efímeras que resultaban las victorias humanas. La elaboración del mito en torno a O’Higgins, quien se convierte a fines de 1860 en una autoridad simbólica capaz de encauzar el caos reinante, apunta a la manera imaginativa con la que los productores culturales chilenos, entre ellos el mismo Mariano Casanova, intentaron solidificar una frágil y epidérmica identidad nacional. Esta discusión en Mc Evoy, 2006a. 386 El Estandarte Católico, 21 de febrero de 1879. 387 El Estandarte Católico, 22 de abril de 1879. 388 De la incertidumbre que la guerra generó entre la población ver Sater, 1973. 389 Vergara, «Discurso de apertura» (VV.AA., 1879, p. 10); Muñoz Donoso, «La guerra en manos de Dios» (pp. 27-31); y Jara, «Discurso de clausura» (pp. 42-43). 390 Muñoz Donoso, «La guerra en manos de Dios» (VV.AA., 1879, p. 24). 391 «Pastoral del Ilustrísimo Obispo de la Concepción José Hipólito Salas», reproducida en Mc Evoy (2010, pp. 148-159). 392 «Pastoral del Ilustrísimo Obispo de la Diócesis de Ancud», El Chilote, 21 de junio de 1879. 393 «Discurso pronunciado por el señor Gobernador Eclesiástico de Valparaíso, Mariano Casanova», reproducido en Mc Evoy (2010, p. 234). 394 El Mercurio de Valparaíso, 22 de enero de 1881. 395 La base para la reflexión de Agustín no es el estado sino el saeculum: esto es, la existencia humana experimentada desde la Caída. Por ello es que su análisis parte de la historia y de sus inevitables miserias (enfermedad, muerte, peste y hambre) y del mismo comportamiento del hombre en el proceso de crear sus propios tormentos. La ciudad terrenal no está libre, en consecuencia, de los peligros de violencia, sedición y guerra civil. En este mundo de discontinuidades y profundas necesidades lo mejor que puede hacer el ser humano es mantener un orden que se aproxime a la justicia. La aceptación de Agustín de la «guerra justa» no es absoluta, aunque se debe admitir que el comportamiento que la teoría promueve intenta buscar un denominador común para la existencia en el saeculum: este es la necesidad de una vida social en paz y en orden. Porque la paz doméstica guarda, de acuerdo a la teoría agustiniana, una estrecha relación con la paz cívica. Una discusión sobre este punto en el clásico de Michael Walzer, «Moral judgement in time of war» (1970, pp. 54-62) y también Just and unjust wars (1977). Para un aporte reciente de Walzer ver Thick and Thin: Moral Argument at Home and Abroad (1994). Otra interpretación sobre el tema es la provista por Elshtain (1992). Una visión alternativa, pero que también se nutre de los trabajos de Walzer, es la de Turner Johnson (1981). 396 Para los defensores de la guerra justa deben existir ciertos parámetros morales en todas las relaciones humanas, desde las familias hasta los países. El pensamiento defensor de la guerra justa es reconocido por un conjunto de premisas que tienen que ver con lo que es lo permitido y con lo que no lo es. Por ejemplo, la guerra debe ser la 229

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