tuvieron sobre la tropa. Fabres le comunicaba a su madre que la expedición a Mollendo, en la que él participó junto a los Navales y los Zapadores, tuvo por objeto destruir la estación del ferrocarril y la línea a Arequipa. Siguiéndole la pista a su valioso testimonio, es posible colegir que Fabres entró a Mollendo a la cabeza del batallón Navales y que los momentos posteriores a su llegada fueron empleados por los expedicionarios en lo que el capellán definió como una obra de destrucción a la magnífica estación de Mollendo, muy superior en sus palabras a la de Santiago y Valparaíso. En dicha tarea militar, en la que mediante el uso de cargas de dinamita se incendió la maestranza de la estación ferrocarrilera peruana junto con toda su maquinaria, Fabres participó activamente («los demás quedamos en Mollendo continuando la destrucción de la estación»). Luego de hacerse cargo de los objetivos militares, Fabres se retiró junto al comando a almorzar a bordo del O’Higgins, desde donde pudo observar el inicio del terrible incendio que destruyó por completo la ciudad de Mollendo. El hecho anterior lo forzó a volver al puerto, donde fue testigo presencial del incendio del templo. Fabres le contaba a su madre cómo a la mañana siguiente de ese acto encontró en la plaza de la ciudad los objetos sagrados pertenecientes a la iglesia peruana, entre ellos el Santísimo Sacramento, los que trasladó a su pieza para evitar profanaciones. Fabres fue testigo de excepción del saqueo de las casas, el cual de acuerdo a su testimonio corrió a cargo de los soldados del 3º de Línea, varios paisanos italianos y soldados de otros cuerpos473. El capellán recordaba que debido a que se dio orden al 3º para volver a Islay, los soldados se pusieron muy furiosos y por ello volvieron al pueblo, se emborracharon y principiaron el saqueo y el incendio. La descripción del temor que se vivió entre el comando respecto a que muchos de los soldados que dieron inicio al incendio se hubieran quemado, debido a que yacían completamente borrachos en las casas que se quemaron, fue también parte de su interesante narrativa. El estado de ánimo de Fabres era en sus palabras «bastante triste», y aunque en su misiva confesaba que el alcohol había sido un gran paliativo personal («bebí cerveza hasta decir basta»), la soledad entre los expedicionarios era muy grande. En efecto, ese espíritu de comunidad que la Iglesia, mediante oraciones y rituales, intentó fortalecer, mostró sus resquebrajaduras al ser confrontado con la inhumanidad impuesta por la guerra. En ese contexto, el único bálsamo eran para Fabres las cartas que le llegaban de sus 223
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