intentó salir al frente de las denuncias peruanas, las que habían llegado incluso hasta el despacho limeño del delegado apostólico Mario Moceoni. Lo que había ocurrido en Mollendo, de acuerdo a Astorga, fue un hecho «casual e inevitable». Más que tratarse de un sacrilegio, lo que hicieron los capellanes chilenos fue «un acto de verdadera religiosidad», debido a que luego del incendio tomaron los objetos sagrados de la iglesia de Mollendo y los pusieron a buen recaudo en una de las naves de su escuadra. Por otro lado, los autores de los incendios no fueron, según Astorga, los chilenos sino un puñado de extranjeros que recorrían la ciudad con teas incendiarias472. Desde las páginas de El Estandarte Católico, Esteban Muñoz Donoso confrontó, al igual que Astorga, «las calumnias» con las que el clero peruano y los periodistas de La Sociedad intentaban denigrar a los soldados y al clero chileno. Muñoz defendió la honra de la corporación a la que servía, argumentando que los capellanes no estuvieron presentes durante el incendio del templo peruano, el que fue provocado por un grupo de italianos cuyas identidades le eran desconocidas. En la versión provista por Muñoz Donoso, los capellanes Fabres y Ortúzar llevaron los objetos de culto a bordo del O’Higgins, desde donde fueron trasladados al «Blanco», cuyo capellán estaba a cargo de los vasos sagrados de la iglesia de Pacocha por haberse fugado el sacerdote que la custodiaba. Respecto al Santísimo Sacramento, que se dijo había sido profanado, este fue consumido por Fabres en una misa que, de acuerdo a Muñoz Donoso, se celebró a bordo del O’Higgins. El reconocido orador santiaguino era contundente en afirmar que en Mollendo nunca existió sacrilegio y que en asuntos de ese género no debía mezclarse ni la pasión política ni el odio internacional. Debido a que la religión y la verdad tenían sus propios fueros, no era lícito atropellarlos ni aun «entre los horrores de la más sangrienta y desastrosa guerra». A pesar de participar activamente en el frente ideológico de la guerra, los capellanes chilenos debían estar, de acuerdo a Muñoz Donoso, completamente al margen de las repercusiones concretas de su discurso bélico-religioso. Uno de los testimonios más valiosos sobre lo ocurrido en Mollendo es el que nos provee el capellán Eduardo Fabres, cuya carta a su madre, en la que le relata de manera pormenorizada los acontecimientos que culminaron con el incendio del puerto peruano, fue incorporada al expediente enviado por Astorga a Moceoni. En la extensa misiva del capellán es posible aproximarse a ese universo contradictorio en el que operaron los vicarios castrenses y al precario control que los mismos 222
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