dimensiones del soterrado combate ideológico peleado desde las redacciones de La Sociedad y de El Estandarte Católico. La prensa católica peruana confrontó públicamente los soportes del discurso nacionalista del clero chileno al describir con detalle la manera cómo, en medio de «los esplendores de una civilización cristiana», esos «bárbaros» habían resucitado en Mollendo «las crueldades de las guerras salvajes». Entre las mismas se relevaba el acto de penetrar en el templo santo del Señor para robar sus imágenes y sus alhajas, y poner su mano impura e impía en el tabernáculo arrebatando el sol de la custodia. Era menester, de acuerdo a García, que todos esos actos sacrílegos fueran fielmente recogidos por la historia a fin de que «perpetuamente» sirvieran de ignominia a Chile, que dentro de esas vergonzosas circunstancias no tenía otro camino que el de borrar su nombre «del mapa de las naciones civilizadas». Ante la magnitud de la ofensa chilena contra un espacio sagrado por excelencia, como era el de la iglesia, lo único que le quedaba a los peruanos era orar para que Dios tuviera «piedad de esos desgraciados»471. En la carta que sirvió de fundamento a las graves acusaciones de La Sociedad, el párroco Juan Bautista Arenas describió de manera pormenorizada el ataque a Mollendo mostrando su sorpresa ante el comportamiento de los soldados chilenos frente a la población civil. Arenas recordaba el hecho de que los templos y los objetos de culto habían sido tradicionalmente respetados incluso por los mismos bárbaros que invadieron Europa, y que en las guerras modernas jamás las balas enemigas se dirigieron sobre personas inofensivas. Luego de denunciar el robo de todos los objetos de culto de la iglesia mollendina, incluido el sol y el viril de la custodia, y de sorprenderse ante el carácter horrible que exhibía la guerra, Arenas cuestionó el catolicismo de los chilenos. El saqueo, el incendio de Mollendo y el desenfreno frente a la población civil, especialmente contra las mujeres, mostraba ante propios y extraños el deplorable estado de civilización de su ejército. La más grave acusación levantada por el clero peruano fue, sin embargo, contra los capellanes del ejército expedicionario, a quienes se les señaló como cómplices del sacrilegio y de la profanación de la iglesia ocurrida en el templo peruano. Esta segunda y obviamente más grave acusación contra el ejército expedicionario y sus capellanes recibió la respuesta inmediata de la curia chilena. José Ramón Astorga, provicario capitular de Santiago, organizó un voluminoso expediente publicado por El Estandarte Católico en el que 221
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