Guerreros civilizadores

agitación que se vivía en Antofagasta provocado por «el derrumbamiento de las instituciones y autoridades bolivianas, y producida ahí «una fermentación, un aumento de fiebre y explosiones de pasión imposibles de calcular y contener contra todo lo peruano y boliviano», él se vio obligado a alejarse de su parroquia. Los responsables de ese alejamiento no eran, de acuerdo a Pizarro, los capellanes chilenos sino la creciente violencia que bajo la forma de una suerte de «nacionalismo lumpen» se había desatado contra bolivianos y peruanos. Pizarro sustentaba su afirmación recordando el ataque contra el consulado peruano, que tuvo por objeto «despedazar a su representante el Dr. Seguín». Era ese tipo de comportamiento xenofóbico lo que alarmaba a Pizarro, y la gota que derramó el vaso fue el haberse enterado de los planes de un grupo de presos chilenos de atacar su casa. El párroco boliviano culminaba su declaración comentando sobre el estado abatido en que se hallaba su espíritu a consecuencia de la invasión del suelo patrio por las fuerzas chilenas. Por ello, no era capaz de resistir un minuto más el sentimiento de ver ultrajada la soberanía nacional y de sentir la desesperación y la pena del triunfo «de la fuerza sobre la justicia y el derecho» (Carter, 1881, pp. 45-46). La declaración de Pizarro corroboró el argumento de Carter de que se había calumniado a los curas chilenos, aunque su explicación no paso por alto el hecho de que fue ese intenso nacionalismo que ellos colaboraron en reforzar lo que determinó que el cura boliviano abandonara su parroquia. En ese sentido, lo que habría que preguntarse es: ¿cómo era posible reconciliar la imagen de cristianismo y de civilización proyectada por los capellanes chilenos con las brutales consecuencias, entre ellas el desarraigo violento del clero boliviano de sus curatos, que la guerra con su dinámica violenta provocó? Los problemas éticos planteados por la guerra y ejemplificados en lo que le ocurrió a Pizarro no terminaron en Antofagasta. La destrucción de Mollendo, un lugar en el cual el paradigma del soldado cristiano fue totalmente desdibujado, volvió a poner en entredicho la validez moral del discurso nacionalista católico que las vanguardias ideológicas chilenas tercamente defendieron. En su edición del 3 de abril de 1880 el periódico peruano La Sociedad comentaba en su página editorial sobre los sacrílegos atentados y horribles profanaciones cometidas por el ejército chileno en el puerto de Mollendo. En un claro ataque contra los fundamentos de «la civilización» que los chilenos creían defender, sus capellanes mostraron una conducta descrita como «ignominiosa». García, el autor de la nota, puso en evidencia las 220

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