Guerreros civilizadores

comportamiento de los capellanes chilenos. Nina les recordaba a estos el deber de remediar su accionar reintegrando en sus derechos a los dos sacerdotes bolivianos. En su folleto, Carter construyó la defensa de Orrego, de Fontecilla y de Marchant Pereira, argumentando que la acusación contra el clero chileno era una calumnia y mostrando no solo la contestación que el obispo de La Serena dio a Nina, sino una serie de testimonios —entre ellos el de Erasmo Escala— que buscaban salvaguardar el buen nombre de los clérigos chilenos. En la carta de Orrego este subrayaba que cuando Fontecilla y Marchant Pereira recurrieron a él con la finalidad de ejercer «el santo ministerio» en «el litoral ocupado por las armas chilenas» ellos fueron aconsejados teniendo en consideración los límites de la diócesis provistos por la Bula de erección y la extrema necesidad de los fieles de aquellos lugares, sobre todo desde que se le había comunicado que los párrocos bolivianos se habían fugado de la zona ocupada. Así, el problema fundamental de Orrego tuvo que ver con los límites de la jurisdicción eclesiástica y con las licencias, fechadas el 12 de marzo y recibidas el 18, que él había dado a los capellanes del ejército expedicionario con la finalidad de que llevarán a cabo su tarea religiosa en el litoral boliviano (Carter, 1881, p. 22). Si uno lee con detenimiento los documentos recopilados por Carter es posible identificar una serie de asuntos relacionados con aquella difícil relación entre religión, civilización, guerra y nacionalismo, patrocinada por el clero chileno. En efecto, las necesidades de la guerra, como muestra el folleto de Carter, terminaron por rebasar los formulismos diplomáticos e incluso los religiosos. Si bien es cierto que tanto Fontecilla como Marchant Pereira insistieron en defender su participación en los asuntos internos de los curatos bolivianos debido a la «acefalía» que la guerra provocó en ellos, no es posible pasar por alto las profundas tensiones, incluso en la jurisdicción espiritual, que el conflicto internacional inevitablemente desató. La violencia soterrada y las contradicciones que afloraron durante la invasión de las provincias bolivianas fueron puestas de manifiesto por el párroco de Caracoles Juan José Pizarro. En la declaración que Fontecilla le tomó en Lima y con la cual Carter intentó probar la falsedad de las acusaciones de despojo y usurpación hechas contra los capellanes chilenos, es posible atisbar el tipo de conflicto personal vivido por los ciudadanos bolivianos en la zona ocupada. Fue esta tensión y no la presencia de capellanes extranjeros lo que finalmente precipitó la partida del cura boliviano. En su declaración Pizarro anotaba que en el contexto de 219

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