«indiscutible esplendor» para favorecer a la nación chilena. Porque lo que debía quedar muy claro, de acuerdo al provincial, era que todo lo logrado en la guerra se debía a la unión indisoluble entre «patria y religión»468. La tarea de los capellanes no solo fue de un gran peligro para el alma sino, como se puede colegir de la vida plagada de aventuras de Madariaga, extremadamente dura para el cuerpo (Marchant Pereira, 1959, p. 10). El desafío físico de lidiar con una geografía hostil y una variedad de enfermedades infecto contagiosas, entre ellas viruelas, disenterías y fiebres, debilitó a más de uno de los vicarios castrenses, quienes como Christie y Madariaga estuvieron expuestos a un permanente desgaste físico que los conduciría a una muerte temprana. Luego de su labor religiosa en Pisagua, Valdés caminó durante toda la noche, casi ocho leguas, para llegar a Dolores, donde se encontró con Marchant quien había llegado antes con la ambulancia Valparaíso. Juntos dieron la extremaunción a los moribundos y ayudaron a enterrar a los fallecidos en el combate (Valdés Carrera, 1983, p. 196). Cruzat se quedó en Pisagua y junto con Enrique Christie confesaron a los cientos de heridos de la batalla de Tarapacá que empezaron a llegar al puerto (Carlos Cruzat a Joaquín Larraín Gandarillas, 17 de diciembre de 1879, en Matte Varas, 1985, p. 369). Algunos capellanes, como el español Pablo Vallier, se instalaron en el hospital de Iquique, el que sirvió de albergue a una gran cantidad de heridos y de enfermos (Pablo Vallier a Joaquín Larraín Gandarillas, 21 de abril de 1880 y 28 de junio de 1880, en Matte, 1985, pp. 378-379). El trabajo misional era extenuante y en la mayoría de los casos los resultados eran precarios. Marchant, quien junto con Fontecilla y dos religiosos franciscanos confesó a 1200 hombres del regimiento del 4º de Línea, se quejaba amargamente de que luego de la toma de Pisagua el espíritu religioso se hallaba profundamente aletargado en la zona. La indiferencia ante la muerte era absoluta y los escándalos se sucedían día a día (Matte Varas, 1983, p. 364). A la carga física y emocional que debieron soportar los capellanes se deben añadir los conflictos en los que se vieron involucrados. El más representativo de ellos fue el ocurrido entre Fontecilla y Correa, quién señaló en una de sus comunicaciones que él no obedecía las órdenes del capellán mayor porque su único superior era el obispo Salas (José Nicolás Correa a Joaquín Larraín Gandarillas, 3 de diciembre de 1879, en Matte Varas, 1985, p. 374). Del «choque violento» entre Fontecilla y el general Sotomayor dio cuenta la misiva del primero al obispo de Santiago. Los 217
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