Guerreros civilizadores

mineros soldados, de aquellos «gatos monteses» que forzaron el repliegue del ejército aliado de su fortaleza natural, considerada —debido a sus dos mil metros de altura— inexpugnable (Vicuña Mackenna, 1880, II, pp. 723724). La operación anfibia que tuvo por objetivo principal cortar en dos partes a los ejércitos de la Alianza establecidos en Iquique y Arica contó con el apoyo de diecinueve buques —entre naves de guerra y de transporte — y de siete mil soldados de infantería. En la maniobra militar que le significó 58 muertos y 173 heridos a Chile, participaron varios capellanes del ejército, los que fueron distribuidos en los distintos buques que partieron desde Antofagasta. En el recuento hecho sobre su participación en la toma del puerto peruano, Cruzat señaló que antes de entrar en combate oyó las confesiones de los soldados listos para el combate, quienes con sus cabezas descubiertas y recitando al unísono el acto de contrición, recibieron las palabras del sacerdote, quien los invitó al arrepentimiento. En la mañana del 2 de noviembre, después de la celebración de la misa y de atender a la tropa en el arrepentimiento de sus culpas y el cumplimiento de sus deberes de soldado, comenzó, de acuerdo a Florencio Fontecilla, el desembarco (Matte Varas, 1982, p. 210). Los botes que conducían a chilenos «ebrios de amor patrio» regresaban, según Cruzat, tripulados por cadáveres y heridos que caían al abordar la playa. El desembarco ocurrió en diferentes puntos estratégicos de la bahía. El capellán Valdés, por ejemplo, desembarcó a las cinco de la tarde en Junín junto con la división encargada de atacar Pisagua por la retaguardia y se encontró con Marchant y Fontecilla al amanecer del día siguiente, cuando el combate ya había culminado. Los capellanes organizaron ahí un pequeño hospital de sangre y vivieron días de angustia, debido a la carencia de recursos con los cuales atender a los heridos y por la expansión de la viruela (Valdés Carrera, 1983, pp. 194-195; Matte Varas, 1985, p. 392)463. Dentro de ese difícil panorama, la labor de los «soldados de Cristo» se circunscribió al auxilio de los moribundos y a la aplicación de la indulgencia benedictina. Al día siguiente del combate se celebró una misa por los fallecidos y se procedió a sepultar los cadáveres, los que por su distancia del cementerio debieron quedarse en el lugar donde fueron encontrados. El 4 salió un transporte acorazado por la O’Higgins conduciendo heridos a Antofagasta, los que fueron confesados en el camino por Cruzat (Carlos Cruzat a Joaquín Larraín Gandarillas, 1 de agosto de 1880 en Matte Varas, 1985, p. 369). 214

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