Guerreros civilizadores

la más importante ceremonia que era posible imaginar. Con la presencia del ejército entero formado en la plaza y en las calles adyacentes, la celebración se inició con un paseo triunfal de «la intercesora del Dios de los ejércitos», en medio del tronar de los cañones, por las calles principales de la ciudad. En la iglesia, lugar donde culminó la apoteosis de la victoria naval de Punta Angamos, se celebró un Te Deum a cargo del capellán mayor del ejército. Para Marchant Pereira la celebración patrióticoreligiosa que tuvo lugar en Antofagasta fue el día más hermoso de la trascendental campaña (Marchant Pereira, 1959, p. 18). El clero instalado en Valparaíso vivió también momentos de mucha emoción con la llegada del Huáscar. En el discurso pronunciado en la popa del monitor peruano, Francisco de Paula Taforó recordó que Chile se vio forzado a optar entre la calamidad de la guerra y la deshonra. Refiriéndose a Bolivia y al Perú, el arzobispo denunció la tremenda responsabilidad de esos dos países, únicos causantes de una guerra injusta y fratricida, marcada por el orgullo y la ambición. En un claro intento por estimular las emociones de la concurrencia, el clérigo recordó que bajo los mismos pies de los que asistían a la recepción de la nave capturada en Punta Angamos humeaba aún la sangre de muchos dignos de defender mejor causa. Taforó apeló al poder de los sentidos con la finalidad de evocar el resonar del cañón destructor, y a través de sus palabras intentó reconstruir el combate en el cual los miembros palpitantes de los enemigos salpicaron de sangre a los vencedores. Si estos lograron imponerse fue porque en todo momento estuvieron protegidos por Dios, el todopoderoso «Señor de los Ejércitos». Luego de concluida la ceremonia en la cual la violencia fue explicada y justificada por un alto dignatario de la Iglesia, la bandera peruana fue trasladada al templo del Espíritu Santo. El pabellón enemigo fue recibido en depósito por el cura Salvador Donoso, quien en el acto religioso a su cargo subrayó que nada era más propio que ofrecer al «Divino Libertador del mundo» los emblemas que recordaban a las naciones las horas felices en que sus hijos combatían por la honra de su patria. El estandarte arrancado al monitor peruano y colocado al pie de los altares chilenos tenía para Donoso un doble significado: era un tributo al amor de la patria y un homenaje al amor de la religión (Fernández Larraín, Izquierdo Araya & Fuenzalida Bade, 1979, pp. 397-399). El primer ataque chileno en tierra peruana ocurrió el 2 de noviembre de 1879 en la bahía de Pisagua462. La toma de ese estratégico punto de desembarco fue, de acuerdo a Vicuña Mackenna, la obra de un puñado de 213

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