equilibrio naval en la cuenca del Pacífico Sur. Unas cuantas horas antes del trascendental enfrentamiento, Christie otorgó la comunión a varios miembros de la tripulación del Blanco Encalada y luego de tomado el Huáscar él y Ortúzar, quien aseguró ver la mano de la Providencia protegiendo a Chile durante todo el combate (Matte Varas, 1985, p. 363), se trasladaron a bordo de la embarcación peruana con la finalidad de auxiliar a los moribundos. Christie fue un testigo presencial del cuadro de desolación y desastre que se vivió en el monitor peruano luego del combate, «lleno todo de muertos, empapado de sangre y hecho mil pedazos» (Matte Varas, 1980, pp. 187-188). La violencia del enfrentamiento que Ortúzar describió con una mezcla de júbilo y horror no distrajo a Christie de su tarea misional. En medio del desbarajuste producido durante el ataque, el capellán se dio tiempo para convertir a un tripulante del Huáscar de religión protestante, el cual, según sus palabras, «renunció voluntariamente a su antiguo error y recibió privadamente el bautismo». Luego del combate, Christie prosiguió su tarea moralizadora predicando a la tripulación sobre la conducta que debía observarse con los vencidos. El asunto fundamental era, según el cura, reprimir las pasiones, lo que significaba que al llegar a tierra los marinos chilenos no debían entregarse a vicios y a desórdenes y mucho menos malgastar sus haberes recibidos después de tantos sacrificios. El valor ético de la guerra defendida por los teóricos del nacionalismo católico fue puesto en evidencia una vez más por Christie cuando subrayó que si se había vencido al enemigo de la Patria, justo era que con la Gracia de Dios se venciera también al común enemigo que era el Demonio (Matte Varas, 1980, p. 186). El fervor religioso se acrecentó como consecuencia de la victoria naval en Punta Angamos. La llegada a Antofagasta de los restos del Huáscar sirvió para estimular la puesta en marcha de una serie de rituales católicos, reafirmando la labor pastoral del clero chileno. El 12 de octubre, a escasos días del combate de Angamos, se presentó el comandante Latorre a los pies de la Virgen del Carmen ofreciéndole la bandera peruana y rindiéndole honores por su intersección ante el «Dios de las batallas» (Matte Varas, 1985, p. 368). Antes de embarcarse el ejército para el norte, el general Escala —quién señaló luego de la toma de Pisagua que Chile había impuesto con sus sucesivas victorias «el trabajo, el derecho y la civilización»461— concedió permiso a Fontecilla para celebrar una novena en honor a la Virgen en la iglesia de Antofagasta, la que fue descrita como 212
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