estadía del ejército en Antofagasta, donde la contraseña secreta de los militares era «Patria y Religión», más crecerían los niveles de corrupción. Para corroborar su punto Rosales citó, por ejemplo, los casos de soldados que llegaban borrachos a misa y el del sargento Barahona, quien en estado etílico insultó públicamente a sus oficiales (Rosales, 1984, pp. 119-124). A Marchant Pereira, por otro lado, le sorprendió la costumbre del baño desnudo entre los soldados y sus acompañantes femeninas, un hecho considerado muy escandaloso y que fue combatido de diversas maneras por los capellanes (Rodríguez Rautcher, 1988, p. 24). Para luchar contra la inmoralidad de la tropa los capellanes se sirvieron de estrategias muy concretas como el desalojo de las mujeres de los cuarteles —acción que fue ordenada por el capellán mayor Fontecilla— y otras más sutiles como una serie de versos didácticos publicados por el clero en El Pueblo Chileno. Esta poesía de intenciones moralizadoras fue distribuida entre la tropa con la finalidad de ilustrarla sobre los efectos nocivos que sobre la razón humana guardaba el consumo de alcohol (Rosales, 1984, p. 88). Capellanes de la Guerra del Pacífico. Sentados: Eduardo Millas, Francisco J. Valdés, Juan Luis Morales. De pie: Esteban Vivanco, Enrique Christie. La labor de los capellanes se volvió más difícil a medida que empezó la movilización de los expedicionarios a territorio peruano, donde se pelearon las decisivas batallas de Pisagua, San Francisco, Dolores, Tarapacá, Tacna y Arica. Dentro de ese contexto, las confesiones, comuniones, ritos funerarios, atención de heridos y sepultura de los muertos, que corrieron a cargo de los vicarios castrenses, se multiplicaron por cientos. El triunfo chileno en el combate de Angamos, en el que participaron los capellanes Enrique Christie y Camilo Ortúzar, fue el punto de quiebre del frágil 211
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