(Valdés Carrera, 1983, pp. 189-190). Marchant dio cuenta en su crónica cómo durante cuarenta y cinco días «no cesó de evangelizar y catequizar a la pobre gente» de Caracoles. Para el cura lo más frustrante era la ingratitud de los caracolinos, quienes con sus «corazones de piedra» no prestaban mucha atención a la tarea misional del clero chileno. Ello a pesar de que los capellanes ordenaron cerrar los lugares de expendio de licor y se valieron de la tropa, la cual haciendo verdaderos rodeos acorralaba a la gente en la plaza para que participara de los oficios religiosos que ellos celebraban en el atrio del templo (Marchant Pereira, 1959, pp. 12-13). Antes del desembarco en Pisagua, Cruzat escuchó la confesión de cientos de soldados y marineros que participaron en esa operación anfibia. El capellán naval de la O’Higgins describió a sus superiores en Santiago cómo los tripulantes de la nave en la que prestó sus servicios espirituales se arrodillaron al pie de los cañones para recibir la bendición y con sus cabezas descubiertas escucharon a los capellanes, quienes los exhortaban al arrepentimiento mientras que recitando en voz alta el acto de contrición recibían la absolución de sus pecados. Cruzat repartió seiscientos escapularios entre las fuerzas chilenas que desembarcaron en el puerto enemigo. Un mes después absolvió a quinientos soldados minutos antes de una misión similar en Pacocha. El objetivo principal era en sus palabras reafirmar en el frente de batalla el vínculo indisoluble entre «Dios y la Patria» (Matte Varas, 1985, pp. 367-372). Una de las cruzadas en las que se embarcó la Iglesia en campaña fue contra la ingesta de alcohol entre los expedicionarios. Esta tarea se volvió muy complicada debido a los largos meses de espera que debió sufrir el ejército en Antofagasta. La vida en dicho puerto, que entre febrero y noviembre de 1879 se convirtió en el punto de encuentro de las fuerzas movilizadas de toda la república, según Ricardo Santa Cruz era molesta y perjudicial no solo por el peligro latente de las enfermedades sino por el consumo indiscriminado de alcohol entre los oficiales y la tropa. En su correspondencia el comandante Santa Cruz anotó algunas de las estrategias que puso en marcha para combatir las borracheras entre sus subordinados. Opinaba que negándose a pagarles en dinero, evitando darles puerta franca desde las dos de la tarde en adelante, castigando severamente las faltas de embriaguez y fomentando formas de entretención alternativa logró controlar eficazmente la moralidad de los oficiales y soldados bajo su cargo (Fernández Larraín, 1979, p. 19). El oficial del batallón Aconcagua Justo Abel Rosales vaticinaba que en la medida que se extendiera la 210
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