Guerreros civilizadores

Sociedad Ilustración a la Juventud de Santiago diera cuenta de que la Sociedad de Bibliotecas Populares había elevado una solicitud al ministro de Instrucción Pública con el objeto de mandar al litoral del norte los útiles necesarios para fundar una escuela y una biblioteca. Era preciso, subrayaba el orador, que los chilenos «al igual que los yankees» fundaran escuelas a medida que avanzaran sobre el territorio enemigo459. La lectura de la correspondencia que Larraín Gandarillas mantuvo con cada uno de los capellanes enviados al teatro de operaciones permite adentrarnos a un espacio poco estudiado de la guerra y emprender junto con los vicarios castrenses la difícil travesía física y mental que empezó en Antofagasta y culminó en Lima. Siguiendo las directivas emanadas desde el vicariato capitular de Santiago, los capellanes se dedicaron a misionar a la tropa y, en algunos casos, a la población de las zonas ocupadas por el ejército en campaña. Esta doble tarea, que estuvo acompañada por el quehacer cotidiano de los curas en hospitales y ambulancias, consistía, de acuerdo al capellán Christie, en anunciar la palabra de Dios al ejército y a la población civil. Para conseguirlo se administraron de manera regular los sacramentos y se fomentó la piedad mediante misas, novenas y catecismo dominical para los niños y los adultos. Lo que se dio en llamar «la misión», dirigida principalmente a los miembros del ejército chileno, consistió en un complejo ritual que se iniciaba con el himno al Espíritu Santo, continuaba con algunas oraciones y pláticas sobre los deberes del ciudadano armado y culminaba con la administración del sacramento de la confesión (Matte Varas, 1980, p. 186). El capellán naval Carlos Cruzat describió su labor religiosa en el Cochrane de la siguiente manera «Erigimos un pequeño altar y de rodillas ante la imagen de Nuestro Señor, invocamos las luces del Espíritu Santo, entonando su himno». Luego de ello se procedió a recitar las oraciones del rezo, después se hizo la enseñanza doctrinal y finalmente se predicó un sermón sobre «las verdades eternas». Las confesiones antecedieron a la misa y a la comunión, en la cual oficiales y marineros vestidos con sus uniformes de gala recibieron jubilosos a Dios460. La tarea religiosa era extenuante. En su informe al arzobispado desde Antofagasta Javier Valdés hizo alusión a las interminables horas que diariamente dedicaba a las prédicas sobre «las verdades eternas», al reparto de la Eucaristía, del Santo Escapulario y de la Medalla Milagrosa y a las novenas a la Virgen del Carmen, al Corazón de Jesús, al Señor Sacramentado, la Virgen del Tránsito y el Sagrado Corazón de María 209

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