comentarios del periódico La Patria de Caracoles, donde se mencionaba cómo los esfuerzos de Marchant Pereira por reparar el edificio del templo de esa ciudad habían redundado en una mejora tal de los ornamentos y útiles de la Iglesia que ahora sí se podía admirar la suntuosa majestad que debía adornar la Casa del Señor456. En palabras del general Escala, los capellanes dirigidos por Fontecilla, habían provisto de una nueva vida a «hombres empedernidos, encenegados en el vicio», no solo de origen chileno sino a esos otros «infelices» que habitaban el territorio enemigo y que jamás visitaron el templo cuando estuvieron bajo la dominación de Bolivia y de Perú457. Los relatos de testigos de la época, entre ellos Marchant Pereira y Fontecilla, e incluso de algunos comentaristas contemporáneos como Joaquín Matte permiten que nos aproximemos a lo que fue descrito como la decadencia material y moral de la zona conquistada por el ejército de Chile, un elemento medular en la construcción del discurso nacionalista de estirpe católica articulado por el clero chileno458. Al definir a la Guerra del Pacífico en términos de una cruzada moral y civilizadora contra la barbarie boliviana y peruana, la iglesia chilena proveyó de legitimidad al Estado y a sus vanguardias militares. Los capellanes no solo justificaron en nombre de la moral y de las buenas costumbres actos de la envergadura de la invasión de Antofagasta, sino que se propusieron confirmar, en el teatro de la guerra, el discurso civilizador asumido sin rodeos por los ideólogos del nacionalismo católico. Las nociones esbozadas en la correspondencia de los capellanes respecto al hecho de que habían sido ellos los que colocaron la primera piedra de todo lo concerniente a la religión en las antiguas provincias bolivianas, de que los antiguos curas que servían a esos «rebaños sin pastor», promovían el escándalo en lugar de la moralidad, y de que la borrachera y el desenfreno mostraban «lo más inmundo» de una sociedad corrupta, fueron la constatación in situ de aquella superioridad moral que el clero chileno predicó sin ambages desde los púlpitos de sus iglesias y desde las oficinas de redacción de sus periódicos (Valdés Carrera, 1983, pp. 191-193; Matte Varas, 1983, pp. 356-358). Si bien la tarea de civilizar tanto a bolivianos como peruanos no fue la misión específica que recibieron los capellanes de manos de Larraín Gandarillas, aquella labor fue uno de los fundamentos de una teoría con la cual tanto los actores como el público que los observaba se sintieron muy familiarizados. No resulta así una coincidencia el hecho de que a escasos días de declarada la guerra uno de los oradores de la 208
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